Sevilla y Velázquez inauguran la ‘murillomanía’ de 2017

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En 1660, cuando Diego Velázquez fallecía en Madrid tras décadas de brillante trabajo en la corte de Felipe IV, su paisano Bartolomé Esteban Murillo se convertía, alcanzando la madurez personal y artística, en el pintor más prestigioso de Sevilla. Mientras la estrella de Velázquez se apagaba a la sombra del Alcázar madrileño, los pinceles de Murillo comenzaban a crear las mejores y más virtuosas pinturas de su producción para una Sevilla que, a pesar de la profunda crisis demográfica y social que ocasionó la epidemia de peste de 1649, conservaba la primacía artística y cultural y un gran dinamismo económico y comercial.

Bajo el mismo cielo sevillano nacieron los dos pintores con una diferencia de menos de 20 años. En 1599 Velázquez; en 1617, Murillo. Mientras el primero partió pronto a Madrid buscando fortuna, Murillo optó, por libre elección, por quedarse en Sevilla. Pudo haber triunfado en la corte de Madrid o viajar al extranjero, pero prefirió establecerse en su ciudad natal y trabajar exclusivamente para ella a través de las órdenes religiosas, los miembros de la nobleza, comerciantes flamencos o italianos, hermandades y cofradías.

Todo ello explica que Murillo se convirtiera en uno de los símbolos y los orgullos de la ciudad. En su propia vida, caso no frecuente en la Historia del Arte, alcanzó gloria y fama. En 1655, el cabildo de la catedral lo consideraba el “mejor pintor oi en Sevilla” y otros contemporáneos suyos no escatimaban encendidos elogios para su obra. Su arte, como fruto de la sensibilidad sevillana y del ambiente en el que vivió, conectaba plenamente con las necesidades y las exigencias de una sociedad tan sensorial y devota. Las Inmaculadas de Murillo, con sus pinceladas etéreas y esponjosas en el plano celestial, o los desarrapados mendigos y niños que pululan por las calles de la ciudad en el nivel terrenal, alcanzan la categoría de obras maestras en los aspectos formales y permanecen insertas en el acervo cultural de la sociedad sevillana siglos después.

El próximo año se cumplen, por lo tanto, 400 años del nacimiento del pintor. Y, al igual que ocurrió, por ejemplo, con Toledo y El Greco en 2014, Sevilla ha bautizado a 2017 como el Año Murillo. Pero un año que desbordará el límite temporal de los doce meses porque las actividades previstas, como exposiciones, seminarios y congresos, se extenderán, al menos, hasta 2019. Y porque antes de la llegada de ese año, la ciudad ya ha comenzado los fastos conmemorativos del IV centenario con la exposición ‘Velázquez, Murillo, Sevilla’, que estos días puede verse en el Hospital de los Venerables Sacerdotes y que vuelve a unir en la ciudad que los vio nacer, 400 años después, a estos dos genios de la pintura universal.

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Ubicado en pleno barrio de Santa Cruz, el Hospital de los Venerables fue fundado por don Justino de Neve, canónigo de la catedral de Sevilla y amigo personal de Murillo, por lo que el pintor realizó varios encargos para esta institución asistencial, hoy sede de la Fundación Focus y del Centro Velázquez. No hay por ello lugar más indicado, por su relación directa con el artista, para comenzar el Año Murillo.

Lejos de citar las 19 obras maestras que componen la exposición, los museos e instituciones que las han cedido, el interés que ha despertado o los elogios merecidísimos que el comisario de la muestra, Gabriele Finaldi, dedica a Velázquez y Murillo, en estas líneas queremos, además de animar a visitar la exposición porque hay cuadros que posiblemente no vuelvan a España en muchas décadas, invitar a ahondar en la relación tan íntima que, aún hoy mantienen Sevilla y Murillo, Murillo y Sevilla.

Su huella sigue viva en cualquier iglesia en la que cuelga alguna de sus obras, aún en el lugar para el que fueron concebidas, como ocurre en la del Hospital de la Caridad; sigue viva en las salas del Museo de Bellas Artes, donde su presencia es abrumadora por la abundancia y la calidad de las pinturas conservadas, o en la plaza que antecede al museo, donde el monumento al pintor, obra fechada en 1864, preside uno de los espacios más románticos de la ciudad. Ningún otro pintor ha sido identificado con el alma de Sevilla como lo ha sido Murillo. Y a pesar de la enorme dispersión de su obra, que hoy está presente en museos y colecciones de todo el mundo, esa vinculación nunca se ha perdido.

En el siglo XIX, la prensa inglesa acuñó el término ‘murillomanía’ para expresar la apreciación que la pintura de Murillo despertaba en toda Europa y la elevada cotización que alcanzaba en el mercado del arte. Después de décadas siendo minusvalorado por las vanguardias, tomado como un pintor excesivamente dulzón y ñoño, el IV centenario de su nacimiento debe servir para desmontar prejuicios, alejar tópicos y volver los ojos a la extraordinaria calidad de su pintura entendida dentro de la Sevilla barroca que la generó. Murillo es genio entre los genios y así debe ser tratado. Dicho lo cual, ¡Que comience la ‘murillomanía’!

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