LA TIERRA SILENCIOSA

Ilustración: Víctor Aliste

Últimamente he venido ocupándome de algunos escritos de Rachel Carson, una bióloga considerada el adalid del ecologismo, que denunció el uso irregular del DDT en La primavera silenciosa. Escribió este texto al observar cómo los bosques y campos norteamericanos enmudecían al desaparecer sus especies, o al verse estas despojadas de sus hábitats por el uso indiscriminado de pesticidas. El impacto que generó en la sociedad su escrito, al argüir sus nocivas consecuencias para la naturaleza y la salud pública, hizo que la industria química enloqueciera y activara una campaña de desprestigio contra Carson. Muy actual, por otro lado.

Este suceso, que aconteció a lo largo de los años sesenta, evidencia que no todo cambia. A día de hoy, la naturaleza no es una prioridad. Tampoco lo es el hombre. Y la autocracia está de moda. Los dirigentes se erigen como héroes unívocos de la palabra justa, la estrategia y la arenga en pos del bien propio, acaso de unos pocos, nunca común. En esta teogonía mundial, sobresale, por un lado, Trump, capaz de soslayar pactos tan importantes como el Acuerdo de París –que preconiza la tentativa de salvaguardar el planeta del cambio climático– y, por otro, el primer ministro chino, quien en proclama del comunismo, avanza en un capitalismo voraz (sí, todo un oxímoron); y es que en un lustro –adelantan los expertos– China representará el 21% del PIB mundial. Debemos de ser conscientes de las consecuencias y el impacto que todo esto tendrá, no solo a nivel económico, sino también medioambiental. Y ahora, asoma Bolsonaro como principal candidato a la presidencia de la mayor nación de América Latina. Y, además, se agarra a la estela del presidente norteamericano.

Los dirigentes se erigen como héroes unívocos de la palabra justa, la estrategia y la arenga en pos del bien propio, acaso de unos pocos, nunca común.

No recuerdo bien qué poeta dijo que no era el viento el que movía los árboles, sino que eran los árboles los que hacían al viento moverse. Pues en el Amazonas, el viento se instalará como densa niebla, pues Bolsonaro, el ultraderechista brasileño, en caso de salir electo, tiene como medida deforestar esta selva.

Estremece pensar que muchos hombres irán, armados, a devastar una selva pensando que es ese el deber de un hombre. Estremece pensar en la quietud con la que cada árbol recibirá un revés, un hachazo, o una quema para regocijo de un presidente (o de la apnea). Estremece pensar en un bosque yerto, con árboles yacentes como dóricas columnas, partenón de oxígeno devastado por el hombre. Y cabe preguntarse, ¿qué dirección escogerán todas esas tribus que serán despojadas de sus lugares? Quizá les quepa seguir el trino de los pájaros que huirán, antes de enmudecer y convertir el trino en ceniza.

Estremece pensar en un bosque yerto, con árboles yacentes como dóricas columnas, partenón de oxígeno devastado por el hombre.

A veces me planteo qué pensaría Carson de todo esto, una mujer que vivía en permanente comunión y armonía –a veces enfermiza– con la naturaleza. Intento imaginar qué pensaría de todo este desastre de mundo que estamos dejando. De los mares esquilmados, de las tierras sometidas, los aires contaminados. Resuelvo que pensaría que nos dirigimos a la demolición y el exterminio, que no quisiera saber nada de esta herencia y que elige quedarse allí arriba, en la estrella que habita. Una estrella que no ha enmudecido, que brilla y a la que el hombre, por fortuna, aún no ha llegado.