Diaguilev, Chanel y el hechizo de los Ballets Rusos en España

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Coco Chanel y Serge Diaguilev, dos genios, protagonizaron uno de los casos más elocuentes de la ebullición cultural que vivió Europa en los albores del siglo XX. La relación de amistad entre la diseñadora francesa y el empresario teatral y mecenas cultural ruso surgió en los ambientes artísticos de vanguardia que ambos frecuentaban. Al fructificar, esta amistad nos enriqueció a todos, regalándonos una hermosa página de la cultura occidental. La arrolladora potencia de sus mentes creadoras y la avidez de sus ingenios se unieron para colaborar en un proyecto casi mágico que Diaguilev había puesto en marcha en 1909: los Ballets Rusos.

Las giras internacionales de esta compañía rusa de ballets marcaron un hito en la historia de la danza y de la cultura universal. Tomando lo mejor de la tradición rusa, Diaguilev supo darle a su compañía un enfoque nuevo. Sus coreografías, los diseños de sus vestuarios y escenografías y la belleza a veces rompedora de su puesta en escena fueron decisivos e influyentes para muchas manifestaciones artísticas de vanguardia, incluido el cine. El secreto no fue otro que el acierto de Diaguilev de rodearse de los mejores creadores para llevar a cabo cada uno de sus montajes, desde músicos y figurinistas a pintores y directores de orquesta. Y entre los excelentes de aquel momento se encontraban, además de nombres como Picasso o Manuel de Falla,  la inquieta modista francesa de la rue Cambon.

Coco Chanel dio detalle de su relación con Serge Diaguilev a Paul Morand. En el invierno de 1946, la excéntrica diseñadora y el escritor y diplomático francés coincidieron en un hotel de Saint-Moritz, y de las conversaciones mantenidas entre ambos surgió años atrás El aire de Chanel, un exquisito libro y un testimonio en primera persona de aquellas décadas doradas de las que Chanel fue una de las protagonistas.

«Desde que lo conocí hasta el día en que le cerré los ojos, nunca vi a Serge descansar», rememora Chanel en este libro, definiendo a su amigo como «extraordinario prospector de los pozos del genio europeo, balzaquiano proveedor de la danza, de la música y de la pintura».

En sus conversaciones con Morand en aquel invierno suizo de posguerra, Coco Chanel hace un nostálgico repaso a su apasionante vida, siempre indómita, siempre rebelde e inasequible al desaliento, pero ya casi vencida por el peso de los recuerdos. Las líneas protagonizadas por Diaguilev transmiten el místico embrujo de la lejana Rusia, heredera de una cultura milenaria.

Ahora, cuando se cumplen 100 años de la  primera función de los Ballets Rusos en España, el 26 de mayo de 1916 en el Teatro Real de Madrid, es momento oportuno para recordar aquel capítulo esencial en la historia del arte. El exotismo de nuestro país y su abrumador legado artístico, con Velázquez a la cabeza, también ejercieron fascinación sobre el empresario ruso. Supo aplicar la esencia española a sus producciones. Las meninas fue el título de uno de sus montajes, estrenado en San Sebastián en agosto de 1916. Entre los años 2011 y 2012, la exposición Los Ballets Rusos de Diaghilev, 1909-1929. Cuando el arte baila con la música, organizada por el Victoria and Albert Museum de Londres y producida por la Obra Social La Caixa, trazó un recorrido por los 20 años de historia de la compañía y repasó la figura de su impulsor.

Este verano, bajo un cielo estrellado o a la orilla del mar, y como homenaje sentimental al primer centenario de la llegada del sueño ruso de Diaguilev a España, leamos o releamos la historia de Chanel escrita por Morand y dejémonos fascinar por estos dos genios de los umbrales del siglo XX. Profundicemos en la vida y en el legado de estos dos mitos a los que el paso del tiempo, a veces irredento, no hace más que acrecentar su fascinadora leyenda.