El Pescao: «¡Qué bonito es que la vida me haya dado la oportunidad de volver a empezar desde abajo!»

Haciendo honor a su nombre artístico, donde David Otero se mueve como pez en el agua es cerca del mar, el que surfea cada vez que tiene la más mínima oportunidad o el que cruza, atravesando océanos, en busca de una soledad deseada y conseguida en ciertos momentos vitales de su historia. En esta tarde calurosa, El Pescao navega entre el asfalto madrileño para llegar a nuestro encuentro. Chico sano, de camino aprovecha para comprar por la calle algo de fruta que llevarse a la boca. Viene de clase de canto, un dato que nos confirma algo que intuíamos: pese a haber paladeado las mieles del éxito tiene muy claro su sitio en la vida y busca, a diario, seguir creciendo. El día que deje de hacerlo habrá perdido la ilusión. El brillo de sus ojos es el de un niño que no quiere agotar la vida. Ahora prepara su vuelta a México y su fin de gira en Madrid, las próximas citas importantes en el calendario. En medio de esta aventura, David busca, descubre, experimenta, vuelve a probar, sufre, ama y reescribe su historia dotando de significado propio a la palabra felicidad.

Fotografía: Juan F. López


El PescaoAunque con el verano de por medio mayo ya queda como muy lejano quería comenzar  preguntándote por una de tus últimas experiencias más gratificantes. ¿Cómo viviste tu concierto en La Riviera?

Recordé muchísimo durante estos meses pasados todo lo que conllevó en su momento el concierto de La Riviera que hicimos la primera vez con El Canto del Loco. En Madrid La Riviera ha sido siempre como plantar una bandera, como cuando el hombre fue a la Luna. Para mí que había hecho muchas veces con llenazo la Joy, una sala también increíble, enfrentarme a esto era dar un paso más. Recordé mucho todo lo que había sentido en su día con El Canto y lo bonito que fue aquel concierto. Lo viví de una forma bastante similar, muy en paralelo a aquella otra experiencia. Fue una noche para recordar. Disfruté mucho y eso ya no me lo quita nadie.

Este concierto surgió a través de una iniciativa de  fan funding, una fórmula de cultura colaborativa más allá del crowdfunding. ¿Qué se siente cuando ves que son los fans los que piden tu presencia?

Es increíble. Recuerdo cuando nos llamaron para decirnos que nuestra candidatura iba la primera. Los organizadores habían propuesto al público varios artistas y nosotros íbamos a la cabeza con mucha diferencia de votos con respecto a la segunda opción. Digo nosotros, y quiero recalcarlo, porque yo me considero banda. El Pescao es un proyecto de banda aunque luego sea yo el que componga, lidere y maneje un poco las riendas. Cuando nos dijeron eso pensamos: «¡Guau! Pero si hay un montón de grupos con millones de fans más que nosotros». Y, sin embargo, ahí nos tienes, metiendo a más de 1.500 personas en la sala, todo un éxito en unos tiempos como estos para un proyecto que arranca, muchas veces autosostenido y autofinanciado. La gente que nos sigue es muy activa. Lo movieron ellos realmente.

En este caso la gestación de un concierto así fue idea de los fans pero tú eres muy proactivo a la hora de experimentar con nuevos formatos. Las reglas del juego en la industria musical han cambiado y creo que eres de los artistas que mejor lo ha comprendido. Habrá prácticas que repitas, otras quizá no, pero tú pruebas. Hace mucho tiempo diste, por ejemplo, un concierto on line.

Sí, hace muchísimo de eso. También lo hizo en su momento Maldita Nerea y varios artistas más. Lo que pasa es que no hubo mucho acuerdo entre mundo discográfico y el mundo de shows en directo vía streaming y ese proyecto parece que no acaba de arrancar del todo. Sin embargo, en Estados Unidos hay mucha gente que sí que toca desde el salón de su casa y hace conciertos habitualmente. Cobran entradas por ello y la gente como que responde, tienen una serie de clientes habituales sin necesidad de  desplazarse hasta donde haya que tocar. Es otra forma de continuar en el negocio de la música. Hay un montón de cosas interesantes que están surgiendo y no estamos al loro de todas, pero las que te van llegando y te van gustando o te van proponiendo, yo suelo ser de los que me mojo y me apetece y me gusta involucrarme y no quedarme en lo típico y en lo «más de lo mismo». Aunque, a veces, también es necesario un poco de lo típico, de lo habitual. Pero a mí me divierte experimentar. Pruebo sobre todo porque me divierte más que porque lo vea realmente como marketing.

Te gustan este tipo de experimentos aunque entiendo que el contacto directo con el público no lo cambias por nada.

No, por supuesto, esto es un suplemento.

Desde que tenía seis años y experimenté la primera Nintendo seré una víctima de la tecnología por el resto de mi vida.

Otra práctica experimental fue la de Música sin fronteras, componiendo en la distancia con el mexicano JuanSolo y haciendo partícipes a vuestros seguidores en la Red.

Cualquiera que haya estado en un proceso de composición en un grupo de música ha sentido ese momento en el que todos están en un mismo local, con uno o dos componiendo un poco más y liderando pero con todos aportando. Yo eso lo he vivido millones de veces. Se generan unas sinergias superbonitas y se abren una cantidad de caminos que, cuando uno está solo, no llegan. Eso fue lo que hicimos, nosotros íbamos componiendo, íbamos marcando un poco una dirección pero, de repente, decíamos: «¿Hacia dónde podemos ir? ¿Cómo podemos continuar la canción? ¿Qué palabra os sugiere?» La gente participaba un montón y de ahí sacamos muchas cosas.

Cambias el salón de tu casa…

Por una especie de ventana al universo. En un momento creo que había más de 800 personas conectadas a la vez viéndonos componer. ¡Me parece una pasada!

A menudo implicas a tu público, ya sea de esta forma, haciéndote unos coros o ayudándote en la elección de temas.

Sí, pero eso no quiere decir que vaya a ser así siempre. Ha sido un momento en el que me ha apetecido hacerlo. Pero, por ahí, a lo mejor en los siguientes discos me centro en un proyecto completamente íntimo y mucho más personal y lo que me apetece es presentarlo y compartirlo directamente cuando ya esté terminado. En este momento lo que me apetecía era hacer esto y compartirlo así con mi gente.

El Pescao

¿Y lo de elegir un tema midiendo las emociones con técnicas de neuromarketing?

Eso fue muy divertido. El neuromarketing es una técnica que se aplica a un montón de campos: para tomar decisiones sobre series de televisión, en anuncios… Incluso, y esto fue de lo que más me impactó, se emplea en terapias para personas con autismo. Me flipó ver cómo el neuromarketing era capaz de detectar, a través de un sistema informático, sentimientos o actitudes que, en principio, no eran las que la persona verbalizaba o expresaba exteriormente ante un estímulo. Me explico: tú cuando sientes algo y lo dices, siempre lo haces bajo unos condicionantes. Si estás con un grupo de amigos y a todos les gustan determinado tipo de música eso ya te condiciona. Lo que hace el neuromarketing es extraer y eliminar de la ecuación todo aquello que es subjetivo.

Una especie de máquina de la verdad.

Exacto. A través de eso se puede conocer cuál es verdaderamente tu sentimiento. Eso fue lo que me flipó. Propusimos dos temas para que la gente eligiese entre ellos y se vio, claramente, cómo en un análisis colectivo de las curvas había uno que emocionaba más que el otro. Ese fue el elegido.

De todo lo anterior se puede desprender que eres muy digital. No eres un nativo digital, pero casi. ¿Tienes muchos gadgets tecnológicos?

Sí, estoy conectado a la tecnología constantemente. Por ponerte un ejemplo práctico, una de las últimas cosas sobre las que puse el ojo fue una pulsera que te avisa cuando entra en contacto con el agua. Tengo un niño pequeñito, con un año y medio, y este verano, de vacaciones en Portugal, estuvimos con muchos amigos en una casa con piscina. Me pillé esa movida para estar más tranquilo. Este tipo de aplicaciones tecnológicas me parece brutal. Yo soy muy paranoico y cada vez que llego con el enano a cualquier lado siempre estoy mirando dónde está el peligro: aquí no se puede subir, esto no lo puede tocar, ahí hay un enchufe… Este tipo de tecnologías me molan. En este caso te hablo de una aplicación orientada a la seguridad de los peques, pero no solo eso. Por ejemplo, el afinador de guitarra que más utilizo está en el iPhone y me gusta muchísimo más que cualquiera de los demás que tengo. Aunque no todo en mi vida es tecnología. Uno de los juegos que más me gustan es con fichas y dados. Pero es cierto que desde que tenía seis o siete años y experimenté la primera Nintendo, desde ese momento y por el resto de mi vida, seré una víctima de la tecnología.

Todo el mundo que ha pisado un escenario alguna vez se ha encontrado con un punto en el que dice: «¿Qué hago aquí? ¿Por qué me dedico a esto? ¿Valgo realmente?»

Se percibe que te gusta tu trabajo. Se transmite en la alegría que contagias. Pero, en tu día a día, seguramente no siempre brilla el sol.

Hacer música y no pasártelo bien tiene que ser durísimo. Dentro del pop que yo creo hay un toque de melancolía en alguna parte, porque no puede ser todo happy ni todo buen rollo. A mí me gusta que tenga un toque de melancolía dentro. Pero es solo para hacer la curva y volver a subir, ¿no? Sin esos acordes menores, sin ese toque de melancolía en el puente para llegar al estribillo, no concebiría la otra parte. Es igual en la vida. Sin a veces pasarlo mal y luchar por lo que sueñas, sin tener esos bajones no llegas a valorar las cosas. Por eso, hay happy y se trasmite una historia happy pero detrás, como en todo, hay también otra historia de lucha y de esfuerzo, con días en los que piensas que todo es una mierda y te preguntas: «¿Qué hago aquí?».

El PescaoY qué pasa cuando tienes uno de esos días y te coincide, por ejemplo, con una actuación.

Pues ahí es donde entran en juego todos los andamios que sujetan a un artista y las tablas; la capacidad de centrarte y no dejarte llevar por lo que estás sintiendo en ese momento; el haber tenido la experiencia de que es algo que pasa y que luego vuelves a reconectar con la ilusión…. Eso es importantísimo, siempre, no caer en ese hoyo ni en ese agujero, sino saber que, oye, vas a pasar por ahí y vas a salir, que ya has pasado por ahí otras veces y has salido. Pero a todo el mundo le pasa, todo el mundo que ha pisado un escenario alguna vez, en alguna situación, se ha encontrado con un punto en el que dice: «¿Qué hago aquí? ¿Por qué me dedico a esto? ¿Valgo realmente? ¿No valgo?». O sea, esas dudas te llegan. Lo que pasa es que son todo dudas mentales y, realmente, muchas no son ciertas, pero hay que saberlas manejar.

Es ahí donde la experiencia es un grado.

Sí, sí, la experiencia, yo creo, es fundamental. Eso te puede pasar desde que arrancas en tu carrera profesional, desde el minuto cero, y es según lo vas superando cuando entiendes que es algo pasajero. Yo recuerdo, cuando tenía 20 años, conciertos con El Canto en lugares inmundos, con cuatro personas viéndonos sin vernos, porque miraban para otro lado, y yo diciendo: «¡Dios! ¿Qué hacemos aquí!». He pasado por eso y ahora… ¡Qué bonito es que la vida me haya dado la oportunidad de pasar otra vez por ahí de nuevo! Si se hubiera quedado todo el rato ahí en venga éxito, éxito, éxito a tope, no, no tendría tanta gracia.

Luego retomaremos sobre ese punto de inflexión que te sitúa en el momento presente. Pero antes, echemos la vista atrás para fijarnos en el David niño. ¿Alguna vez soñaste, con tu primo, dedicarte a este mundo?

No, realmente no teníamos mucho contacto cuando éramos pequeños. El contacto, realmente, fue un poco más fuerte cuando empezamos con la banda. Y eso que éramos los primos, por edad, más cercanos. Pero, a veces, esa escasa diferencia de edad de 3 o 4 años es relativa. Cuando uno tiene 10 y el otro 14, tú con 10 a lo mejor estás más unido a otro primo de 20 que se divierte mucho más contigo. Sucede lo mismo cuando uno tiene 17 y está haciendo el gamberro y el otro tiene 14 y conserva todavía la inocencia. Sí que cuando yo tuve 19 y él tenía 22 ya se daba en nosotros algo más similar a la hora de vivir las cosas. Y ahí sí que encajamos mucho más. Pero de niño yo iba por mi cuenta. Nunca coincidí con él en el aspecto de querer llegar a hacer un grupo, aunque yo siempre tuve bandas. Desde que tuve 14 años empecé a tocar y nunca deje de tener un grupo. Pasé por muchos distintos: en algunos tocaba la guitarra, en otros tocaba el bajo, en otros tocaba el bajo y cantaba… Y, a ratos, estaba yo solo imaginándome una banda entera.

¿Recuerdas tu primera guitarra?

Sí, hombre, por supuesto. Estaba en el armario de casa. La había usado mi hermana para aprender canciones de Julio Iglesias y, de repente, me la encontré y dije algo así como: «¿Esto qué es? ¿Qué hace aquí una guitarra? ¡Qué guay!». Yo ya la había medio toqueteado en clase en algún momento que alguien había llevado una guitarra y yo le había dicho: «A ver, enséñame un poco cómo va esto». Siempre me atrajo. Y ese día la pille ahí, me la llevé al cole, y le puso cuerdas mi profe de música, que se llama Conchita y a la que quiero un montón. Era una tía dedicadísima a los alumnos. Se pasaba los recreos afinando las guitarras a la gente, eso me parecía espectacular. Ahí aprendí a afinar, que es el primer paso que yo creo que hay que dar para aprender a tocar guitarra, porque es muy desagradecido aprender a tocar desafinado; yo desde el primer momento me di cuenta de la importancia de la afinación, que es algo que la gente no tiene muy en cuenta cuando empieza a aprender a tocar.

Aprendí a tocar la guitarra en el portal de mi casa, delante de mi portero Manolo, con una cinta de casete de un curso por fascículos.

Por cómo lo cuentas aquello se convirtió en una obsesión.

Recuerdo que tenía una cinta de casete de un curso de estos CEAC, o algo así, que son fascículos de una vez al mes con un casete de aprende a tocar la guitarra, y lo primero que venía cuando lo ponía era: «Bueno, vamos a afinar la guitarra. Sexta cuerda. Bong…». Y, todos los días, me ponía la cinta, afinaba la guitarra y seguía la lección grabada. Desde ese momento —eso fue a los 13 más o menos, 12 o 13, no recuerdo exactamente cuándo—, como en casa me decían que tocado muy mal me bajaba al banco del portal de mi casa, donde me veía el portero. Él me decía: «Muy bien David, vas avanzando mucho». Era extremeño, muy gracioso, se llamaba Manolo. Yo aprendí a tocar ahí, en el portal de mi casa.

¿Y tienes en mente la primera canción que compusiste?

Recuerdo mi primer «hit» entre comillas, porque empecé a componer, como todo el mundo, robando los acordes que iba aprendiendo de otros grupos. Pero el primer tema así con el que dije «Ostras, ¡cómo me gusta esta canción!» se llama Llueve en mí y estaba dentro del primer disco de El Canto del Loco. Creo que la compuse con 15 años.

El Pescao

Y, desde entonces, a la música le has dedicado tu vida y tus esfuerzos. Sigues trabajando duro. Nos has dicho al llegar que venías de clase. Tu profesora de canto habla muy bien de ti y de cómo te esfuerzas. ¿En el colegio eras también buen estudiante?

Absolutamente nada. Era el peor alumno o de los dos peores de clase y siempre aprobaba todo en el último momento. Me sacaba en septiembre las cinco que me habían quedado pasando todo el verano en academias, perdiéndome la mitad de las vacaciones, sufriendo porque todos mis amigos se iban a jugar y yo me quedaba haciendo cuadernillos de estos de… ¿Cómo se llamaban? Los cuadernillos de… ¡Rubio! Pues haciendo cuadernillos Rubio o estudiando matemáticas o con profesores particulares, porque era un desastre. Luego, con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que yo el lenguaje que manejo es el lenguaje musical. Soy muy disléxico, cosa que descubrí ya en la universidad, y me era muy difícil retener los conceptos como se retienen en el cole. Me aburría muchísimo. Me aburría tanto que me pasaba el día imaginando. Y yo creo que lo bueno de eso es que esa imaginación me ha llevado a un sitio precioso en la vida. No hay que desechar la imaginación de los niños que no se amoldan a lo establecido porque yo creo que es supervaliosa. Lo que pasa es que el sistema es de una forma muy rígida y es él el que no se sabe adaptar a ese tipo de niños. Yo era un niño de esos, de los inadaptados.

El tiempo te colocó en tu sitio.

Sí, la suerte, el tiempo… Y de repente, luego, me he dado cuenta de algo. Yo siempre he pensado que era un vago. Eres un vago. ¿Por qué? Porque no estudias en tu vida. Y me quedé con ese concepto: «Soy un vago». Luego, cuando empecé a tocar la guitarra, a estudiar armonía, a dar clases de canto, a meterme en el mundo profesional de la música, me di cuenta de que era supertrabajador, superconstante y que tenía una fuerza de voluntad increíble. Y, claro, yo flipaba y me preguntaba: «Pero, joder… ¿Cómo soy así si soy un vago?». Es que, coño, no era ningún vago, era un niño que no encajaba dentro de un sistema al que te tienes que amoldar. Y si no encajas y no pasas por ahí, como era lo que me pasaba a mí, pues eres un vago.

De ahí la importancia de la motivación y de tener al lado a gente que te sepa conducir.

Sí, totalmente.

No hay que desechar la imaginación de los niños que no se amoldan a lo establecido porque es supervaliosa. Yo era un niño de esos, de los inadaptados.

Es inevitable hablar en tu vida también de una etapa que, aunque está cerrada y bien cerrada, marcó decisivamente parte de lo que eres hoy: los años de El Canto del Loco. ¿Cómo gestiona un chaval de 20 años la fama? Se te ve un tío con los pies en la tierra, humilde… Pero aquello no dependía solo de vosotros.

Pues una de las cosas más importantes a la hora de mantenerte firme es no cayendo en la droga dura, o sea, no sucumbiendo a emborracharte cada fin de semana. Es superimportante, porque te puede llevar a mover el muñeco mucho de un lado a otro y eso marea mucho. Una de las cosas que teníamos claras desde el minuto uno era ambiente sano, con respecto al alcohol también. Eso ayuda un montón. Es mucho más fácil manejar todas esas emociones sin resaca. Entonces todo se centra mucho más en el curro y si eres mentalmente equilibrado es más fácil y sencillo. Pero hay momentos en los que se te va, por supuesto, y hay momentos en los que tú a ti mismo te tienes que agarrar.

¿Cambió mucho lo que os rodeaba?

No. Lo bonito es mantener siempre el mismo entorno, que es lo que me ha pasado a mí. Yo sigo manteniendo un contacto superextenso con mis amigos del cole. Nunca lo perdí. En los conciertos que estoy dando ahora, cuando tocamos en Madrid viene, exactamente, la misma gente que venía cuando hacíamos un concierto en Las Ventas con El Canto, mis 100-120 amigos incondicionales. Siempre que hago un concierto importante saco mi lista de invitados con mis amigos. Hago un mailing a todos: «¡Chicos, vuelvo a tocar!». Y todos acuden siempre. Siempre he mantenido ese mismo entorno. Por supuesto, hay gente maravillosa que te vas encontrando en tu vida y que entran a formar parte de ella, pero ese poso de familia y amigos siempre es estable. Y sabes que cuando estás rodeado de ellos no eres nadie especial, aunque tengas un trabajo que tiene más vistosidad de cara a medios, no tiene ningún mérito.

No borraría nada de mi etapa con El Canto. Por muy negativas que hayan sido algunas experiencias, que las hemos tenido horrendas, si no hubiera pasado por ellas no hubiera extraído las enseñanzas que me ha dado la vida.

La parte positiva de lo que fueron aquellos años se visualiza pronto. ¿Borrarías algo negativo?

Yo creo que al final se aprende de todo. Si has pasado por algo es para sacar una lección. Por muy negativas que hayan sido algunas experiencias, que las hemos tenido horrendas, si no hubiera pasado por ellas no hubiera extraído las enseñanzas que me ha dado la vida. No borraría nada.

El PescaoVisto en perspectiva la de El Canto se puede dibujar como una historia de amor, pero de esas en las que, roto el hechizo, no puedes olvidar a la amada, te persiguen sus fotografías, sus canciones, sus recuerdos…

Es como un matrimonio, ¿no? Creo que pasa por encima de una relación y al final acaba siendo como tu ex mujer (risas), para el que la tenga.

¿Cómo vivís ese momento concreto en el que hacéis la reflexión que os lleva a la separación?

Lo vas sintiendo. Lo que pasa es que, realmente, la comunicación era muy directa en esa época, así que nunca hubo mucho problema en decir lo que uno sentía. Al revés, a veces éramos demasiado bestias. En cuanto dejó de hacernos felices el estar juntos y componer juntos y girar juntos pues fue muy fácil. No hubo mucho drama en ese momento, la verdad.

¿Y lo que viene inmediatamente después? Es difícil empezar de cero, tomar decisiones que pasan por  cambiar de rumbo o arriesgar por lo que te apasiona. ¿De quién te rodeas en ese momento?

Lo viví casi solo. Fue un momento muy solitario. Fue especialmente solitario, además, porque estaba acostumbrado a hacerlo todo en grupo. Pasé por un proceso de mucha soledad y fue buenísima. La soledad no tiene por qué conllevar un aspecto negativo en tu mochila. En ese momento fue justo lo que quería.

E inicias un viaje Nada lógico, que es toda una declaración de intenciones… Frágil como los Castillos de arena, pero Buscando el sol. ¿Esperabas aquel éxito?

Siempre considero que es muy injusto valorar lo que empecé a hacer cuando estaba tan cerca de El Canto. Yo creo que en esta vida hay inercias y El Canto llevaba una inercia muy grande de la cual yo me beneficié durante esos primeros seis o siete meses. Pero luego noté, de una forma muy concreta, cómo esa inercia paraba y cómo yo volvía hasta el punto de origen.

Pasé por un proceso de mucha soledad y fue buenísima. La soledad no tiene por qué conllevar un aspecto negativo en tu mochila. En ese momento fue justo lo que quería.

¿Lo notaste por ejemplo a la hora de los conciertos?

Sí, en la venta de tickets, por ejemplo. En el primer concierto creo que vendimos 400 entradas en Madrid. No es una cifra para tirar cohetes pero, sin embargo, yo estaba muy contento. Ahí es donde, un poco, yo me fijaba las cifras. De eso hemos pasado en cinco años a 1.500 en la misma ciudad. Ahí es donde yo realmente valoro el crecimiento.

Aquel ruido inicial fue, entonces, algo efímero.

A nivel de popularidad y de exposición mediática, cuando yo saco mi proyecto hay mucho ruido de fondo y ese ruido va decayendo. Es como una especie de espuma, como cuando la cerveza está a tope de espuma y tapa lo que realmente está mucho más abajo. Todo eso se va equilibrando. La espuma de la cerveza baja y va subiendo el resto. Yo contemplo siempre eso a la hora de valorarme a mí mismo en esta circunstancia. Fue fácil al principio, claro, pero por qué. Yo saqué mi disco cuatro meses después de dar el último concierto de El Canto aquí, en Madrid, dos días con todo vendido en el Palacio de los Deportes.

El momento actual es más real.

Sí, ahora es la realidad.

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Oye, cambiando de tercio, debe ser increíble sentir cómo un tema tuyo llega a millones de personas y puede dar luz o acompañar el momento vital de quienes lo hacen suyo en diversas circunstancias, de alegría o de dolor.

Sí, eso es espectacular. Lo que pasa es que tampoco lo he pensado mucho. Te llegan historias de gente para las que tus canciones han jugado un papel clave en momentos de amor, de enfermedad, de superación… Por ejemplo, perder a alguien y que esa canción te teletransporte hasta a esa persona. Pero intento no pensar mucho en ello. Es maravilloso cuando te para alguien y te dice que tu música ha significado algo importante para él, es un sentimiento increíble. Pero queda ahí, es necesario que quede en eso. Todas esas historias te pueden hacer también tambalearte un poco, porque emocionalmente te puedes creer algo superior y no es algo real. Por otro lado, desde que las compones tienes que darte cuenta de que las canciones que haces no son tuyas. Si tú compones desde el ego es difícil luego desprenderte de esos temas. Yo cuando compongo intento pensar siempre que es algo que está pasando a través de mí, pero que no es mío.

¿Has sentido alguna vez la presión por estar? Me refiero a los tiempos y los ritmos de la industria discográfica, el querer tener ya el disco y no un proyecto.

Yo me marco mis tiempos. Por ejemplo, si analizas a nivel discográfico lo que he hecho con el último disco, desde un punto de vista de industria podría haber gente que piense: «Hubiera sido mejor que lo hubieras sacado un año y medio antes, porque pasó mucho tiempo desde el primero al segundo». Es posible, pero yo, precisamente, no le hice mucho caso a lo que tú me estabas comentando ahora, a esas normas. A mí me apetecía hacer otras cosas, hacerlo de otra manera, y lo hice así. Y ahora, sin embargo, sí tengo ganas de sacar otro disco pronto, porque estoy haciendo canciones, porque creo que mi proceso empieza a tomar agilidad y me apetece estar un poco más dentro del circuito habitual.

Entre el primero y el segundo te fuiste a Argentina, un paréntesis necesario para romper con tu zona de confort. ¿Era necesario poner tierra de por medio?

Yo creo que no. No lo hice por necesidad sino por investigar. Es como… ¡Yo qué sé! Yo me imagino un escritor que quiere escribir una novela sobre cárceles y va y se traslada a vivir cerca de una prisión para poder ir todos los días a ver qué pasa. Son ese tipo de historias de las que se empapa la gente antes de crear. Y yo quería hacer un experimento cambiando un poco mi rutina y alejándome del día a día: mismo sitio, misma ciudad, mismo súper, mismo cine, mismo bar, misma cocina… Quería construir algo desde la adaptación a un sitio nuevo. ¡Todo nuevo!

La ilusión de mi vida es vivir junto al mar y surfear todos los días.

Y dio buen resultado.

A mí me encanta. Yo creo que es un disco muy diferente al primero. No me gusta comparar los dos pero creo que la producción no es tan sencilla para escuchar como la del primero. El primero lo produje yo y creo que es mucho más pop, más fácil de entender;  el segundo al producirlo con Max Dingel, que es un productor alemán, lo llevó a otro sitio distinto.

Pero en las letras, en las voces y en los ritmos sí se nota el influjo porteño.

Obviamente estuve todo el año escuchando música argentina y te influye, sí.

Ultramar es el disco de un español viviendo fuera de España. Por distintas circunstancias pero siempre con la búsqueda de nuevas oportunidades como telón de fondo, son cientos de miles los españoles que hoy están lejos de sus casas. ¿Cuáles son los sentimientos que recoge el disco?

Pues, ahora que me lo estás diciendo, estoy pensando que Azul y blanco, por ejemplo, que es el single, habla de llegar de repente a una ciudad que no es la tuya y amar esa ciudad y ser agradecido con ella. Azul y blanco está dedicada a Buenos Aires, que es la ciudad que me ha acogido, es como mi segunda casa, es la ciudad donde han nacido mis hijos… No sé, he vivido una cantidad de cosas en Buenos Aires que no me imaginaba que iba a vivir. Ese es uno de los sentimientos que puede tener la gente que viaja fuera, de repente encontrar un sitio distinto y amarlo de una forma especial, diferente a como amas tu Murcia natal o tu Bilbao. Creo que hay diferentes tipos de amor a lugares. Cuando vas a vivir fuera, puedes llegar a odiar también a la ciudad si las cosas no te salen bien o si no encajas pero, en este caso, yo no tengo más que palabras increíbles para Buenos Aires, dentro de su caos, que lo tiene y es acojonante. Por momento dices: «¡Están locos!» (risas).

El PescaoCantas también al miedo en Lo que no veo, por ejemplo. Como artista, pero también como hombre enamorado, como padre, como joven que todavía eres, cuáles son tus miedos.

Uno de los miedos, yo creo, más fuertes, es dejarte caer. Yo creo que es, un poco, lo peor que podemos hacer, dejarnos caer: ya sea en la tristeza; ya sea en ser un vago; no actuar frente a una situación; no reaccionar ante alguien con el que estás y estás perdiendo, en caso de ser una pareja; o no reaccionar ante un proyecto que no sale como tú quieres… Y yo creo que, lo que más hacemos los seres humanos a la hora de «fracasar», entre comillas, es que dejamos caer la energía de las cosas.

De allá, de Ultramar, te han llegado muchas otras cosas buenas. México también te ha acogido con el abrazo del éxito. En una hora se agotaron entradas para tres de tus conciertos.

Brutal, con La Riviera ha sido uno de los regalos más guais de este año. La gente estaba como loca. Recuerdo que en el primer concierto, al acabar la tercera canción, me di la vuelta para agarrar agua de un piano que había detrás de mí y al mirar al frente y abrir la botella todo el mundo comenzó a gritar. Yo pensé: «¡Tranquilos, si solo estoy bebiendo agua!». Es una pasión distinta a la de aquí. Aquí nadie te gritaría así si coges una botella de agua pero en México son tan pasionales que… ¡uhhhh!

Tendrás que volver.

Ahí estaremos en el DF, el 20 de noviembre, en la sala Lunario. Va a ser un concierto espectacular.

Alma nómada o culo inquieto, ¿se te pasan ya otros países por la mente?

Sí, me gustaría viajar a Colombia, Perú, Chile y Argentina, haciendo ese recorrido de norte a sur con mi guitarra, como he hecho en México, yendo yo solo, sin nadie que me acompañe.

Vuelves a hacer presente en ti la soledad como una necesidad.

Mola mucho, te conectas mucho con la realidad de la música. Yo creo que la realidad de la música no es el 0,001% de la gente que hace música y que está encima de un escenario y viaja con una cantidad de personas que facilitan todo, sino que es el otro 99,99% de gente que viaja sola con su guitarra y que se va desde su casa en metro hasta donde tiene el local de ensayo o, yo en este caso, desde Madrid hasta México a tocar. Eso sí te conecta con la realidad de la música.

Y después de México, fin de gira en Madrid.

Vamos a hacer dos días, el 11 y 12 de diciembre en la sala Caracol. ¡No puede faltar nadie!

Has dicho que ya andas creando nuevos temas.

Sí, ya estoy componiendo. De hecho tengo un montón de canciones.

Tengo muy pocos prejuicios a la hora de escuchar música. Puedo escuchar desde Xoel López a Juan Luis Guerra, pasando por Efecto Pasillo o una canción de Malú que me resulte un temazo.

Tú, que no le pones límites a la experimentación y te atreves lo mismo con la música electrónica que con el hip-hop, qué es lo próximo que quieres probar.

No tengo ni idea, la verdad. Estoy ahora mismo en un proceso de guitarra y voz en el cual todavía no puedes entender qué es lo que va a pasar. Ni idea, ni idea, ni idea.

Háblanos de tu proceso creativo. La inspiración se presenta en cualquier momento y lugar. ¿Qué pasa desde que una melodía aparece en tu mente hasta que se convierte en canción?

Desde el momento en el que me pongo a pensar que me apetece hacer un nuevo disco ya, directamente, empiezo a agarrar la guitarra. Tengo un iPhone como este, encendido con la grabadora, y un cuaderno y la guitarra. Luego lo que abro también es Pro Tools, que es un sistema con el que grabo habitualmente y una caja de ritmos. Programo ritmos para acompañarme con la guitarra y con la voz y de ahí ya empiezo a buscar un poco las formas. Doy muchos bandazos. Por ahí, de repente empiezo en reggae y acabo en rock a tope como de repente digo: «Bueno, a ver qué pasa si ahora hago un tema más pop». Cojo esas melodías y esas letras, que son esqueletos que voy creando, y los voy probando en diferentes moldes, les pongo diferentes vestidos. Así voy viendo y con el que más me gusta me quedo.

Y de qué fuentes bebes. ¿Qué escuchas? Creo que eres un comprador compulsivo de música.

Sí, compro de todo. Entre los últimos descubrimientos, antes del verano, estaba escuchando a Zaz, la artista francesa. La verdad es que es brutal. Siempre la veía en las listas de iTunes y me preguntaba: «¿Qué coño cantará esta tía? No sé qué estilo cantará». La empecé a escuchar antes del verano. Vi «Nuevo disco de Zaz» y me dije: «Venga, lo voy a comprar, sin haber escuchado antes nada». Me lo compré y me flipa, me ha gustado muchísimo. Así que, de repente, me pasan esas cosas. O me llegan por otro lado. Por ejemplo, veo un vídeo que me mola y compro el disco. Tengo muy pocos prejuicios a la hora de escuchar música, puedo escuchar desde Xoel López a Juan Luis Guerra, pasando por Efecto Pasillo o una canción de Malú que me resulte un temazo. No sé, de todo.

En Me da lo mismo ya haces muchas declaraciones de intenciones sobre cómo ver la vida. Creo que, además, para ti es un tema especial.

Es una canción que me mola un montón. Además me mola mucho cómo se generó porque participó mucha gente. Me parece que habla desde muchos puntos de vista concentrados en uno. Es una canción muy especial en todos los conciertos, un momento importante. Siempre se la dedicamos a un amigo que nos dejó. Hay veces que si el concierto no está saliendo como yo quiero, como a mí me gustaría, llega esa canción, pienso en todo lo que significa, en a quién se la dedico siempre y lo que le hubiera gustado estar disfrutando ese momento conmigo, e inmediatamente te da un poco igual que no esté saliendo como tú quieres y piensas: «Joder, disfruta tío lo que estás haciendo, que es la polla. No te quejes ni te enrosques en pensamientos negativos ni en la autoagresión que, muchas veces, hacemos los artistas con nosotros mismos».

El Pescao

Para ser un pescao madrileño, de la meseta, el mar sigue siendo tu fuente de inspiración. ¿Sigues practicando surf?

Poquísimo, la verdad. Es una de las cosas que… Me encantaría vivir en un sitio que tuviera mar. Teniendo dos hijos, escaparte a surfear cuando ya estás viajando mucho de conciertos no lo he hecho. Desde que ha nacido el segundo peque es algo que ni me lo planteo. Por otro lado digo: «¡Me encantaría!». Pero la familia siempre es lo primero. Este verano estuve una semana en Portugal y ahí si surfeé todos los días. Y ahora que el peque pequeño empieza a ser más mayor, más independiente, y empieza a no necesitar tanta atención creo que voy a poder empezar a reconectar otra vez. Pero vamos, mi idea es convencer a toda la family y decirles en algún momento: «Venga, vámonos a vivir a cualquier sitio en el que tenga una ola cerca». Porque es la ilusión de mi vida, vivir junto al mar y surfear todos los días, pero conlleva mucho cambio.

Todo llegará a su tiempo. Mientras tanto háblanos de la banda sonora de tu vida. ¿Qué canción le podrías a tu momento presente?

Le pondría la canción Libre de Efecto Pasillo, que me mola mucho. Habla de ser un poco libre como el viento y de que el que está a tu lado tiene que saber que en cualquier momento te puedes marchar porque el viento te lleva a otro lugar. Todos teneos que tener la posibilidad de ser libres.

Ya se lo decía Don Quijote a su fiel escudero: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos». */