José Luis Alonso de Santos: «Mi sueño imposible como escritor es dominar el mundo por medio de las palabras»

Ser paisano de Zorrilla, a quien nuestro protagonista asegura llamar por teléfono para pedir consejo cuando se tercia, ha dejado, sin duda, impronta en la obra de José Luis Alonso de Santos (Valladolid, 1942), un alquimista de las letras que ensancha su amor a la palabra desde la capa más profunda de su corazón a la más externa de la epidermis. Al penetrar en su territorio cotidiano, la pasión por el teatro, de la que ha dado cuenta en su amplía producción, se palpa en detalles como el de las butacas de sala que ocupan un rincón de su casa. Su compromiso con la vida se actualiza con unas ganas contagiosas de seguir al pie del cañón, engrandeciendo la profesión y denunciando lo denunciable de la única manera que lo sabe hacer, escribiendo. Si las fuerzas le respetan, promete gastar sus días en esta tarea hasta que muera porque, simplificando sus extensos conocimientos, dice que es lo único que verdaderamente sabe hacer. La corriente que entra en esta tarde por el balcón de este salón aminora los calores de un verano prolongado y nos trae fantasmas de otras épocas entremezclados con sueños que vuelan hacia el futuro.

Fotografía: Juan F. López


José Luis Alonso de SantosEscritor, dramaturgo y presidente de la Academia de las Artes Escénicas. ¿Sus responsabilidades de gestión le dejan tiempo para seguir creando?

El tiempo es el gran lío pero acepté ser presidente por cuatro años y esa responsabilidad termina dentro de uno. Es por un tiempo limitado, no para toda la vida. Estas cosas dan mucha guerra pero, por otro lado, también es muy bonito estar en contacto con toda la profesión y la generosidad de colaborar con una causa general, porque todo el mundo habla mucho de la cultura y el arte pero se trata de hacer cosas. Estar en un medio en el que puedo participar de todo ese movimiento siempre es gratificante. Luego, lo del tiempo es relativo. Que tengas mucho tiempo libre no quiere decir que escribas una obra de teatro o la dirijas. El proceso creativo sucede casi siempre en el pensamiento. En una hora dando un paseo por la calle o en mitad de la noche se te pueden ocurrir muchas cosas y en mil horas trabajando con un papel nada. La imaginación no trabaja igual que los procesos laborales normales. No es exactamente un problema de tiempo, es un problema de intuición, de imágenes, sobre todo de manejar los materiales. El gran problema del arte es el manejo de los materiales.

La creación es un acto personal y liberador que nunca va a cesar pero, desde el comienzo de los tiempos, la producción cultural ha ido siempre ligada al momento social e histórico. ¿Cómo está el músculo de las artes escénicas hoy en día en el escenario de la post-crisis?

Tú lo has explicado muy bien. Hay que distinguir la cultura en general de los procesos culturales. El que la gente toque la guitarra, cante, baile, haga teatro, lea libros o sea culto, eso es una cosa. El que uno sea un creador con cierta excelencia para incidir en el arte es otra. Puede haber millones de personas que tocan instrumentos y pocos que dan conciertos de piano. El arte tiene algo de excelencia, la cultura tiene algo general. Por eso son procesos muy diferentes. El movimiento general de las artes escénicas se maneja en unas constantes. No hay una época en la que toda la sociedad sea aficionada al teatro y luego otra en la que nadie lo sea, ni a la música o a la pintura. No, hay una constante. Las cosas de masas como el fútbol, la televisión o los fenómenos políticos muy agudos, esos son de todos. Pero los procesos culturales punta, los procesos artísticos son de unas personas que, más o menos, están cerca de eso.

El gran problema del arte es el manejo de los materiales.

Y que son menos de lo que parece.

La gente que va a las exposiciones es muy poca, la gente que va al teatro también. Lo que pasa es que van muchas veces y crean cierta imagen. No hay 300.000 espectadores, hay 30.000 que van diez veces. Tampoco es que haya tantos lectores, es que hay algunos que leen libros todos los días y otros que no lo harán en su vida. Hay que tener cuidado con no confundir. En resumen, la cultura en general del país no tiene nada que ver con un pequeño grupo social que lee, que va a exposiciones, que asiste a conciertos, que ve teatro y que está al tanto de los movimientos culturales y que son una mínima parte de la sociedad. ¿Cuándo va bien la sociedad? Cuando esa mínima parte es un poquito más amplia. Mejor es que vayan al teatro 30.000 a que vayan 10.000, pero nunca serán cifras como las de un partido de fútbol. Esto jamás ha sido algo mayoritario pese a que a veces los políticos lo digan en los discursos. Ahora dicen: «la gente lee menos»; y quieren que todo el mundo lea libros, pero eso no ha pasado jamás. Es más, hace 100 años el 90% de la gente no sabía leer, como para leer todos libros. El sueño cultural es una cosa, la realidad es de unas minorías. El teatro, en esa minoría, va bien, siempre tiene un grupo de creadores destacados. Luego, ¿qué es lo que sufre? Pues, como otras realidades, sufre las crisis económicas. Cuando la economía es más frágil los creadores, sobre todo los de segunda línea o los jóvenes que empiezan, tienen muchas más dificultades y muchos se retiran. El problema es que cuando la gente no gana para sobrevivir la palabra arte es una broma. Si no tienes para comer y tienes dos hijos en casa pues acabas dejándolo. A mejor condiciones económicas hay mas creadores y a la inversa. Es de cajón. ¿Cuál es el sueño actual para muchos? Esa cultura de todos que hace el pueblo, con la gente por las calles y que es gratis. Bueno… pues con esa cultura lo que consiguen es que no pague nadie. Está bien pero es un sueño.

El arte no puede permitirse no ser rentable.

No puede permitirse que la gente que se dedique a ello no pueda pagar las facturas y tenga que dejarlo. Eso hace que sea eternamente un arte de aprendices. La proporción en el teatro, en la música y en todas las artes es piramidal. De 20 a 30 años hay una gran multitud, principalmente en las escuelas, y según la economía va siendo más frágil la pirámide va estrechándose. Cuando ya tienen cuarenta y tantos años y una familia son una minoría los que se dedican a esto.

José Luis Alonso de Santos

La sociedad contemporánea tiene muy interiorizado el discurso de la gestión del talento pero no sé cómo encaja en una de las profesiones más antiguas. ¿A la premisa de ser bueno le acompaña fácilmente la de tener futuro?

Intervienen unos cuantos factores delicados. Uno la salud; otro la fuerza y la energía; otro el azar, que no tiene nada que ver con el talento. El azar hace que cierta persona esté en un lugar determinado y le descubran y a otro no. Hay miles de niños que cantan bien. De esos, solo una minoría va a pasar el muro y va a dedicarse a eso. Se puede elegir cualquier profesión, pero el arte no es una profesión, luego no se puede elegir. Te tiene que elegir la sociedad a ti. Por muy bien que toques el piano, como no seas elegido por la sociedad no serás pianista. En esa elección de la sociedad hay siempre un factor caprichoso y extraño dificilísimo de captar. La sociedad no elige siempre a los mejores cantantes, elige a algunos. En mi generación escribíamos muchos. A todos esos factores de casualidad y azar le añadiría otro de representatividad. De vez en cuando eligen a uno que representa a un grupo. Bueno, podían igual haber elegido a otro. La sociedad elige a aquellas personas que van a ser significativas en las artes en cada época entre aquellos que tienen cierto nivel de talento y preparación. Por eso, realmente, artista no es un profesión. Profesionalmente puedes ser maestro, abogado, fontanero… Pero no artista. Puedes querer ser artista, pero no depende de ti.

Antes muchos no tenían acceso a la cultura, ahora casi todos podrían disfrutar esta experiencia pero hay muchos cantos de sirena que interfieren. ¿Es una cuestión de libertad o de educación?

Ahora mucha más gente tiene acceso a la cultura y a la educación pero en los niveles bajos. Libros así de gordos (señala ejemplares en la mesa de su salón) los lee el 10%. Yo ahora tengo 74 años y cada año de mi vida España ha sido más culta. Cuando yo era pequeño la mitad de la gente no sabía escribir. El nivel ha subido de una forma impresionante. Si la cultura y el arte fueran una montaña diríamos que ahora la sociedad ha comenzado ya la escalada, pero sigue en la parte baja. Antes ni siquiera había llegado a ella.

Cuando la gente no gana para sobrevivir la palabra arte es una broma.

¿El entretenimiento es también cultura?

Es un juego de palabras. El entretenimiento es uno de los factores más importantes del ser humano. Lo que pasa es que ahora está más de moda la palabra cultura que la palabra entretenimiento, pero el entretenimiento, seguramente, es una de las cosas más importantes del ser humano para que no enferme, entre en el aburrimiento y la melancolía. Entretener a la gente es una de las grandes tareas de los creadores y de los artistas. Sin embargo la propaganda oficial dice: «¡Esto es solo para entretener!» Yo, cada vez que alguien me entretiene, le adoro. Cuando veo una película que me entretiene, la adoro. Cuando veo un concierto, cuando veo una puesta de sol… ¡Casi nada! Ojo, Cervantes deja escrito en El Quijote el canon de la afición, el canon del que escribe, del que pinta… Y el canon de la afición para el Quijote es admirar, suspender, alborozar y entretener. Entretener lo deja en el último lugar porque es importantísimo. El Quijote está escrito para entretener e igual que todas mis obras, teniendo en cuenta que se puede entretener a la gente de muchas maneras: con nobleza, con amor, ayudando a vivir… Entretener es una hermosa palabra aunque muchos la pongan verde por tomarla en un sentido muy popular. Pero incluso en el terreno más elemental tiene cierto valor. A mí me preguntan muchas veces qué me parecen los programas del corazón. Pues no me parecen mal… ¡Porque no los veo! Todo lo que ve la gente está bien. ¡Qué cada uno que vea lo que crea conveniente! Sería absurdo situar a todo el mundo en el mismo nivel para su entretenimiento. A uno le divierte una película de Bergman y a otro dos que están peleando a gritos.

José Luis Alonso de SantosTiene encima de esta mesa un libro de Zorrilla. Ser paisano suyo tiene que imprimir carácter en un dramaturgo. Este año celebramos los 200 de su nacimiento. En dos siglos han cambiado muchas cosas pero los anhelos del hombre parecen atemporales. Por hacer una comparativa más cercana en el calendario, su obra Pares y Nines volvió este año a las tablas. Se estrenó en 1988 pero los enredos amorosos y la búsqueda de la felicidad no caducan.

A lo largo de la historia, la cultura y el arte han dado vueltas siempre a lo mismo. En el tiempo hay variación de lenguajes y estilos pero seguimos abordando los problemas eternos del ser humano: amor, desamor, sufrimiento, emoción… Han estado muy presentes en la tradición del teatro español. De Lope de Vega a Jardiel Poncela hay muchísimas historias de amor y desamor con humor. El humor da un factor consolador al sufrimiento del corazón. Nuestro corazón es confuso y cuando el amor se entremezcla con la desesperación se convierte en tragedia. Mezclado con humor, el amor se transforma en ternura y comprensión, es el efecto de reírse un poco de sí mismo. La gente a la que le deja su mujer y tiene capacidad para el humor ni se suicida ni mata a su mujer. Sencillamente se ríe de lo desgraciado que es.

A usted creo que lo de escribir le viene de sus tiempos de instituto, escribía bien y cuando se quiso dar cuenta ya era autor de teatro.

Trabajar toda la vida en algo que odias sería un martirio. Es bueno estar cerca de algo para lo que tengas facilidad. Que yo tuviera vocación de boxeador sería absurdo, ¡me matarían a golpes! A no ser que seas un enfermo mental, la vocación está relacionada con dos cosas claves: una es la facilidad y otra el amor a los materiales. Si amas la imagen estarás cerca de la fotografía o la pintura; si amas la palabra es porque estás todo el día rodeado de palabras. Y eso es lo que me pasó a mí. Me decanté por lo que me gustaba. El gusto es el órgano regulador de los seres humanos, el más importante para las vocaciones y las relaciones.

En el tiempo hay variación de lenguajes y estilos pero seguimos abordando los problemas eternos del ser humano: amor, desamor, sufrimiento, emoción…

A la hora de concebir, el autor pone sobre la mesa su bagaje, su formación y hasta sus obsesiones, de las que muchas veces no se es consciente. ¿Le ha podido poner nombre usted a las suyas?

Yo soy muy obsesivo con las palabras. Cuando se reestrena alguna de mis obras más antiguas y veo que cambian palabras sufro mucho porque creo que las mías eran mejores. Yo he dejado de escribir series de televisión porque allí te lo cambian todo. Una frase para mí es como una sinfonía y cada palabra tiene una acentuación, un ritmo, un clima, un sabor, un color… ¡Cada palabra tiene un mundo! Y en mi obra cada frase ha sido construida con arreglo a una vocación literaria y una vida. Ese es mi sueño imposible como escritor, aprisionar el mundo en palabras y ordenarlas en mi creación, dominar el mundo por medio de las palabras.

En diálogo con el pintor Antonio López nos confesaba algo parecido a esa sensación que cuenta al reencontrarse con sus obras tiempo después y ver cambios. Él decía que sentía pánico cuando cada vez que se planteaba una exposición con obras suyas, porque no sabía cómo responderían sus cuadros o esculturas al espacio o la idea del comisario.

En mi caso ten en cuenta que mis obras se hacen por el mundo entero y no soy un policía que puede ir de sitio en sitio. Pero, generalmente, cuando veo mis obras en cualquier lado sufro. Cuando escribes plasmas un sueño, lo poetizas; pero luego va al escenario y eso es una trituradora. Lo que puede pasar ahí… Cuando Stephen King vio El resplandor llevado al cine por Stanley Kubrick palideció, salió corriendo del cine y se puso enfermo por lo que había hecho ese tío con la historia. ¡Y la historia es impresionante en cine! Pero toda manipulación requiere sufrimiento del anterior que han manipulado y cualquier puesta en escena, inevitablemente, es una manipulación.

José Luis Alonso de Santos

La creación es un acto muy íntimo donde el autor vuelca lo que lleva dentro. Pero en el teatro, como en otras artes, el triángulo amoroso se completa luego con el actor y el espectador. ¿Piensa usted en ellos a la hora de escribir?

Por supuesto. El cocinero que hace sus comidas en un restaurant sin pensar en los que se las van a comer no es cocinero. Para mí los espectadores son lo más importante. Yo escribo teatro porque amo a los espectadores, es un acto de amor. No les tengo miedo, les tengo cariño y, en general, ellos me han tenido cariño a mí, es un acto recíproco. ¡Ay de aquel que odia a los espectadores! Los espectadores le van a odiar a él. Yo amo a mis espectadores, escribo para intentar darles algo, ya que ellos me dan a mí tantas cosas en la vida. Para ellos yo soy un médico de urgencias del espíritu. Doy por hecho que el que va a ver mis obras o lee mis libros es porque tiene una urgencia espiritual y yo procuro ayudar en lo que pueda con mi arte.

La capacidad transformadora del arte usted la hizo realidad en sus años de juventud con experiencias como sus grupos de teatro en los 70. ¿Ha perdido hoy la escena esa parte de activismo?

No, lo que pasa es que hay épocas en las que el teatro entronca más con movimientos políticos, pero el teatro sigue haciendo su gran tarea. Ojo, porque aunque parezca que hay momentos que vive un gran auge y otros más silenciados la del teatro es una tarea de fondo. Aquella época en la yo era joven coincidió con la transformación de España entera, el final del franquismo y la llegada de la modernidad. Fíjate que para ir a ver El último tango en París, que ahora la ponen en la tele a la hora de las comidas, tenías que irte de excursión clandestinamente a Francia. Lo que sucedió es que España, que era un país anormal, se volvía normal. Desde entonces es un país con muchos problemas… pero un país normal. Hay que hacer una gran división entre los países normales y los anomarles. ¿Qué quiero decir con normal? Arabia Saudí no es normal, Venezuela no es normal… La inseguridad con la que viven ahora en Venezuela es casi peor que la que teníamos en España en aquella época. Yo estuve en esa generación del cambio, un año estaba en la cárcel y al año siguiente estaba triunfando. Ahora, afortunadamente, la gente no va a la cárcel por estas cosas. Entonces íbamos todos, no tenía mérito [rísas]. Pudo parecer que el teatro era protagonista en ese cambio de la sociedad pero no. La sociedad entera estaba cambiando y con ella cambiaba el teatro, la música y muchas cosas más. Fue un proceso importante.

El gusto es el órgano regulador de los seres humanos, el más importante para las vocaciones y las relaciones.

Esos procesos son cíclicos. La sociedad necesita que la despierten de su letargo cada cierto tiempo.

Así es. Se han dado siempre. Zorrilla vivió un proceso parecido con la llegada del romanticismo a España, que coincidió con la del liberalismo. A los liberales, que ahora se les insulta por todo, en aquella época les fusilaban por sus ideas transgresoras. Así como el Romanticismo y el Liberalismo vinieron a cambiar toda la estructura anterior, yo viví la transformación y normalización de una España que nacía a la democracia y a Europa, con un montón de tragedias, sí, pero tragedias de los países civilizados.

Tragedias a las que no es insensible y de las que sigue haciéndose eco en sus obras actualizando su compromiso por ejemplo con aquellos que no tienen patria y hoy llamamos refugiados.

La tragedia del hombre no tiene fin. La injusticia es terrible. Cuando hablo de normalidad no hablo de que hayamos llegado al paraíso, hablo de que por lo menos no estamos en el infierno. Pero al ser humano le quedan muchas etapas por recorrer para encontrarse más cerca de la justicia, de la dignidad… Date cuenta de que todo el teatro del siglo de oro y todo el gran teatro español ha sido en busca de la dignidad, del honor, de la honra… De cosas elementales. Y todavía estamos en esa lucha del ser humano, que es eterna. También está la lucha por la autenticidad, por no mentirse uno a sí mismo y por encontrar. La lucha más importante del personaje de una obra es la misma lucha que tiene el ser humano, intentar ser feliz o al menos no ser desgraciado, salir del statu quo que lo aprisiona.

José Luis Alonso de SantosSu fuente de inspiración muchas veces ha sido lo cotidiano. Vemos obras como Bajarse al Moro o La Estanquera de Vallecas y viajamos a una época y una sociedad. ¿Esa cotidianeidad funciona fuera de España?

Bajarse al Moro se sigue representando en el mundo entero. Año tras año aparece por esa puerta un agregado de la embajada de Japón que viene a traerme los derechos de autor, porque son gente muy seria. Eso, evidentemente, no pasa en Latinoamérica donde, con una influencia hispana muy clara, todo el mundo hace tus obras y te roba. El album familiar se estudia en Egipto, han salido ahora las últimas ediciones y se está preparando una versión. Esto trasciende un lugar y una época. Una obra literaria si funciona tiene que tener dos elementos, la capa visible, superficial (que no quiere decir que la obra sea superficial sino que, como en el mar, es la capa de arriba, la que se ve) y la capa profunda, la capa simbólica. Ojo, porque nosotros vemos la capa superficial, pero las obras que funcionan mucho tiempo y por muchos lugares del mundo es porque tienen una capa profunda.

¿El Lavapiés de los 80 sigue vivo entonces en otras latitudes?

Bajarse al moro cuenta una historia de unos chicos en Lavapiés pero cuando se representa en Estados Unidos es bajarse a México, en México es a Venezuela, en Egipto es bajarse a Sudán… En el texto hay valores que trascienden a Madrid. Cada país tiene su Lavapiés o su estanquillo, esa pequeña tienda con la señora. El lenguaje pintoresco, costumbrista, local, es una capa, lo que estás contando, pero hay más. Mis obras son muy sencillas, pero esa sencillez tiene gato encerrado debajo. Si no, no seguirían contándose. Caperucita es muy sencilla pero tiene una extraña sencillez, porque está llena de simbolismos. El verdadero arte, el que toca el corazón, es muy difícil. Lo es también encontrar perlas, porque están en el fondo del mar. Lo que hay en la playa son chirlas.

En muchas de sus obras el lenguaje de la calle se ha convertido en protagonista. Ha sido pionero en usar códigos muchas veces aún por encorsetar en una definición académica.

Hoy no lo podría hacer tan bien. Es una limitación de hacerse mayor. Ser mayor tiene ciertas ventajas, porque tienes una visión más amplia de la vida, pero también dos desventajas claves. Una, te falta la energía, el empuje y la fuerza de la juventud; y dos, te falta la conexión con la juventud. Por eso Shakespeare cuando es joven escribe Hamlet y cuando es mayor escribe La Tempestad. Si es bueno, un escritor joven es siempre mejor que uno mayor. Yo, seguramente, puedo dar hoy una conferencia mejor que cuando era joven pero entonces había elementos de conexión con la vida que ahora ya no los puedo tener.

Cada país tiene su Lavapiés o su estanquillo. El lenguaje pintoresco, costumbrista, local, es una capa, lo que estás contando, pero hay más.

Nos ha dicho lo que siente cuando otros trabajan sus obras pero usted también ha dirigido muchos trabajos de otros. ¿Qué aporta Alonso de Santos al sello propio de Bertolt Brecht o Lope de Vega?

Como yo respeto mucho la palabra y amo mucho a los autores nunca aprovecho esas oportunidades para mostrar lo listo que soy. Me pone malo cuando veo obras en las que los directores me muestran lo malo que son los autores y lo bueno que son ellos. ¡Es estúpido! Son problemas de narcisismos equivocados. Yo cuando dirijo me pongo absolutamente al servicio del autor, porque soy autor y creo mucho en los autores. Si monto un Zorrilla le llamo por la noche por teléfono para pedirle consejo: «¿Tú me entiendes? ¿Qué hago ahora?». Y si es Lope de Vega pues hablo con Lope de Vega y si es Calderón procuro conectar con el espíritu de Calderón. A mí no me interesa hacer un Calderón moderno, sino hacer Calderón. ¿Traer Shakespeare a la actualidad? ¿Para qué? Las palabras las tengo que traducir pero intentar quitar las de Shakespeare para poner las mías me parece un atropello. Hacer Fuenteovejuna, como la última versión que hemos visto, para decir que no es «todos a una», que es mentira, que es «cada uno», es una tontería. Fuenteovejuna es «todos a una» y nadie va a cambiar eso por mucho que cualquier versión o director lo intente. Son caprichos. Poner el cuadro de Las lanzas de Velázquez y sustituir su principal elemento por ametralladoras es solo para hacerse el moderno y no le veo sentido. Es ese aspecto soy mayor, soy conservador de los elementos culturales.

José Luis Alonso de Santos

Cada obra suya ha sido fruto de una necesidad y de un momento. ¿Cree que ha cumplido su misión o le quedan cosas pendientes?

En principio, he hecho lo que he podido y si hubiera podido más habría hecho más. Pero es cierto que siempre uno tiene la duda de si habrá llegado al límite, es un pensamiento muy humano. En lo que respecta a la jubilación, Zorrilla, que vivió mucho, hasta los 75, cuando rondaba los 50 y todos sus enemigos le decían que por qué no se retiraba, razonaba: «Pero a dónde voy, ¿a un convento? Si yo no soy de conventos». Pues yo igual, si lo único que sé hacer bien es escribir y dirigir lo seguiré haciendo hasta la muerte. ¿Qué tus obras gustan menos? Bueno, también Lope de Vega tiene más de 400 obras de las cuales 12 son una maravilla, otras 12 no están mal y las otras son malísimas, o porque el tiempo las ha destruido o porque las escribió borracho. Cuando escribimos, a veces la obra está más cerca de nuestro corazón, de nuestro manantial secreto, y otras escribimos solo con oficio, pero es lo que sabemos. Hacemos lo que sabemos hacer y lo hacemos hasta la muerte. ¿Qué vamos a hacer? ¿Sentarnos a ver la tele?

*/ Por lo menos, una tele que le entretenga. ¡Larga vida al creador!