Alberto Amarilla y Mabel del Pozo: «Necesitamos el teatro para salir de la soledad existencial»

Un atardecer rojizo, caprichoso, de postal, cae sobre los tejados de Madrid a la hora a la que nos encontramos para dar cuenta de las cosas más sencillas y más profundas de la vida. Mabel del Pozo intenta inmortalizarlo en su teléfono, pero desiste: «No es lo mismo». Así que quedará grabado en su mente para siempre, o solo hasta dentro de un rato, cuando lo releguen nuevas experiencias. Quizá el recuerdo emerja sin esperarlo en el futuro, como brotan aquí tantas nostalgias, muchas de ellas compartidas con Alberto Amarilla, su cómplice. Con su propuesta Re cordis, juntos (y junto a muchos otros), pintan sobre el escenario lo invisible, las inquietudes del alma, aquellas que ni la mejor instantánea captaría. Verdades que, sin saberlo, todos compartimos, aunque les pongamos otros nombres, otros rostros, otras voces… Memorias que un día pasaron por el corazón y siempre vuelven.

Fotografía: Juan F. López


Alberto Amarilla y Mabel del Pozo

Algunas corrientes de la neurociencia desmontan las teorías de Aristóteles y dicen que el corazón no tiene ningún sentimiento, que es un mero receptor de la estimulación cerebral. ¿Se nos cae un mito o reforzamos la idea de que no todo en esta vida es ciencia y dejamos hueco a lo irracional?

ALBERTO: Es curioso, porque hay otros científicos que defienden precisamente lo contrario, que dentro del corazón también hay neuronas, aunque no las llaman así. Existen numerosas corrientes en la neurociencia investigando las cuestiones de la percepción, de la emoción, de la atención, o desarrollando conceptos como el de la teoría de la mente o las neuronas espejo. En el fondo, es como si quisieran demostrar algo sobre lo que los teóricos del teatro llevan hablando desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, la neurociencia está tratando de saber por qué el ser humano tiene capacidad de empatía. Eso es, en cierto modo, ahondar en el concepto del como si, precisamente lo que hablaba Stanislavsky con el si mágico, vivir situaciones imaginarias «como si fueran reales». Partiendo un poco de esa base surge nuestro proyecto. Hay algo especial en la figura del actor, que es capaz de ponerse en el lugar de los demás a través de la acción, aunque de una manera más visceral.

Me gustan más estas teorías.

MABEL: A mí también. De hecho, más allá de las teorías, si lo contextualizamos, en el mundo del teatro y en el mundo de lo poético, nosotros utilizamos también la metáfora del corazón como lugar, como núcleo para encontrarse o donde encontrar la esencia de uno. Pero, en un terreno más científico, sí que hablamos de que tiene neuronas.

La neurociencia quiere demostrar algo sobre lo que los teóricos del teatro llevan hablando desde hace mucho tiempo.

A: Aunque la denominación no sea neuronas exactamente, porque entonces pertenecerían al cerebro. Fíjate, una de las cosas que investiga la neurociencia es la capacidad de mímesis del ser humano, que aprende por imitación. Es precisamente lo que hablaba Aristóteles en La Poética. Él habla de la mímesis y el teatro es mímesis. Una parte de nuestro proyecto también tiene que ver con reivindicar la figura del intérprete, desde el punto de vista que un actor o una actriz puede tener del mundo. Hablamos como un político o como un científico pero una actriz o un actor no son un político o un científico, aunque pueden ponerse «en el lugar de». Y es ahí donde está la riqueza de nuestra investigación.

Alberto Amarilla y Mabel del Pozo

M: Yo que soy más irracional y tiro casi siempre de la intuición —¡qué a saber si la intuición no es experiencia!—, más allá de teorías, sí que confío en que el corazón tiene sabiduría y, a veces, no lo sé si me lo invento y quiero creer que es así, siento que si me dejo en sus manos la cosa no va tan mal. Quizá es una cosa romántica mía y así lo siento, pero dentro de Re cordis se respira la idea de que uno sabe mucho más de lo que cree que sabe. Por eso, a través de la imaginación, si te dejas, puedes recordar y conocer —con ese sentido de recordar también— cosas que ni siquiera sabes que sabías. Y desde ahí el actor se pone en la piel de un político y, de repente, aparece en él una sabiduría que no sabía que tenía en torno a esa profesión.

A: Es como algo que está en el inconsciente colectivo. Me gusta que hayas empezado preguntándonos sobre el corazón. Etimológicamente, recordar viene del bajo latín recordare, que se compone del prefijo re- («de nuevo») y un elemento, cordare, formado sobre el nombre cor, cordis («corazón»). Re- significa «volver» y cordis, «corazón». Por lo tanto, el significado completo sería «volver a pasar por el corazón». Tal y como defendía Platón, «conocer es recordar». Nosotros partíamos de esa teoría suya de la reminiscencia que tiene mucho que ver con lo que comentaba ahora Mabel. A lo mejor sabemos mucho más de lo que sabemos y si realmente tiras de la intuición y del inconsciente salen cosas interesantes. Si recordar es volver a pasar por el corazón y el conocimiento es recordar, como decía Platón, a lo mejor el conocimiento lo llevamos dentro.

M: Albert Einstein decía que el conocimiento es limitado y que, sin embargo, la imaginación no conoce límites, lo envuelve todo, lo contiene todo. ¡Y lo está diciendo un científico absoluto! Hay algo de eso, de la imaginación y la contención del todo en el uno.

A través de la imaginación, si te dejas, puedes recordar y conocer cosas que ni siquiera sabes que sabías.

Dice también Peter Brook en Hilos de tiempo que no existe en el cerebro un espacio en el que se almacenen intactos los recuerdos sino que parece como un almacén de señales fragmentarias esperando a que el poder de la imaginación les hagan cobrar vida. Al final construimos nuestra historia, cuando la vivimos y cuando la recordamos, a golpes de recuerdos y de sueños. ¿No os ha pasado a veces que habéis idealizado tanto un momento que luego lo recordáis distinto a la realidad? Al final no deja de ser nuestra verdad, nuestro recuerdo. Las noches de Reyes, el primer beso…

M: Sí, completamente. Es verdad, uno ficciona su vida en tanto en cuanto las ganas que tiene de que sea así y de recordarla de una manera, para bien y para mal. Luego te preguntas: «¿Pero esto fue así realmente?». No sé si lo puedes objetivar, porque ya lo has idealizado o dramatizado.

A: Es verdad. Lo has podido convertir en pesadilla o en sueño onírico. Hablas del primer beso. A lo mejor el día de tu primer beso tenías una diarrea que… [Risas] ¡Pero fue tu primer beso! La ficción tiene algo de eso, de capas de cebolla que se van quitando hasta que llegas al núcleo. En la obra jugamos con la idea de que el protagonista es como un hotel humano y los huéspedes son los pocos recuerdos fragmentados que aún le quedan. Pero a lo mejor son recuerdos más edulcorados o más negros de lo que en realidad fueron.

M: Esto de lo que hablamos es algo que hacemos todo el tiempo, no solo con el pasado. También con el presente y con el futuro. Idealizamos incluso lo que va a venir.

Alberto Amarilla y Mabel del PozoY lo hacemos todos, cada uno desde su experiencia personal pero conectados por estímulos compartidos. En vuestro trabajo abordáis, por ejemplo, el recuerdo del abuelo y habláis de la obsesión por recordarlo siempre una vez ha muerto. Yo experimenté lo mismo. No quería olvidar su voz.

A: El arquetipo del abuelo es uno de los ejes vertebrales de la función. Al concebir la obra, la idea era partir de lo específico, de la experiencia vivida por el actor, del actante que iba a estar en el escenario, para entrar después en otros elementos más universales. Se partía por ejemplo de la experiencia particular del abuelo, pero es una experiencia que, si se transubjetiviza, conecta tu experiencia con tu abuelo con la experiencia de esa chica con su abuelo o con un mayor, que puede ser la abuela u otra persona. De hecho, la figura del abuelo en la función se transforma en una arquetipo muy conocido por los españoles.

M: No se puede decir, es un spoiler. [Risas]

A: Hay algo en la función que tiene mucho de constelación. La constelación parte de un núcleo pequeño, que es el del actor performático que está ahí sobre el escenario, pero después va ensanchándose a otros anillos que conectan con la mitología hispánica y la mitología universal.

M: Es muy bonito esto que decías de que se universaliza. Cuanto más subjetivo y más personal es algo, a la vez también es más universal, más te comunicas a través de eso con los otros.

¡Qué oficio más bonito, pero qué duro! Cada vez que te dan un papel vuelves a atravesar las sombras y las luces.

Esas experiencias personales que te conectan con el otro, como comentábamos.

A: Hay una frase que viene al pelo aquí: «Cuenta la historia de tu pueblo y contarás la historia del mundo» [Alberto hace referencia aquí quizá a Tolstoi, a quien se le atribuyen diversas variaciones de esta idea como «si quieres cantar la tierra inmensa, canta la aldea donde naciste» o «pinta tu aldea y pintarás el mundo», aunque ninguna está documentada en texto alguno]. Cuenta tu historia, la historia de tu familia, y contarás la historia de las familias de todos, porque estamos todos conectados. En la obra está siempre muy presente el otro.

Alberto, lo que haces sobre el escenario es también un ejercicio de liberación. En otro guiño a Platón dices: «He de recordar para reconocer la salida». Salir de la caverna. ¿Se consigue?

A: Si me recuerdo a mí, lo que realmente soy, tengo la llave, tengo el conocimiento. El mito de la caverna de Platón se pone aquí al servicio de lo teatral, volviendo al origen del actor.

Alberto Amarilla y Mabel del Pozo

En Re cordis tenemos a uno sobre el escenario, dos en la dirección y tres en la autoría. Alberto Amarilla, Mabel Del Pozo y Sergio Rubio… Cada uno con sus recuerdos. ¿Cómo se gestiona este trío

A: Al igual que en la función, que solamente hay un actor en escena pero aparecen muchos personajes y muchos recuerdos, sucedió lo mismo en el viaje real que vivimos a la hora de crearlo. Hay todo un equipo detrás, incluso más allá de las personas que hemos estado en la dirección o en la dramaturgia. Por ejemplo está Alberto Arcos, que ha hecho la dirección de movimiento, o Nuria Gago, como voz que nos guía… ¡Y tantos otros! Volviendo a la misma idea, la obra habla del nosotros a través del yo. Para descubrir quién es uno mismo tiene que acercarse todo el rato a los otros. El proceso fue curioso. Cuando empezamos a trabajar todos queríamos cierta libertad. Y, de pronto, nos encontramos con una libertad para crear que daba vértigo. Lo bueno es que ese miedo se esfumó y cuando llegaba la pregunta «y ahora qué» respondíamos «lo que salga», porque trabajamos desde el inconsciente. Había una estructura, sabíamos dónde íbamos a ir, teníamos el viaje, pero no conocíamos el paisaje.

Ha quedado tan patente en este rato de diálogo que cuando la experiencia individual se conecta con otras experiencias individuales se universaliza la vida que este tipo de autoría tiene más sentido si cabe.

M: Totalmente. Siguiendo con esa idea de que sabíamos el viaje pero no el paisaje, a ratos parecía que el camino te lo estaban dibujando delante de ti. ¡Y lo veíamos a la vez! Se nos ponía la piel de gallina cuando nos dábamos cuenta de que habíamos pensado lo mismo y al mismo tiempo. No lo habíamos escrito, no lo habíamos hablado y de repente… ¡Pum! Sergio estaba en Málaga, venía aquí y al compartir nuestras ideas descubríamos que habíamos pensado las mismas cosas, cada uno en su lugar. Es muy bonito cuando pasa eso.

Los actores y las actrices están entrenados para el rechazo y si no lo están el ego no lo soporta.

Un nosotros con mayúscula.

M: Fíjate en la misma construcción de ese nosotros. Nos y otros. No hay manera de explicarte a ti sin tener el mundo en cuenta y al revés.

Ya que nos convocan aquí los recuerdos, os propongo un ejercicio que hacemos a diario, aunque inconscientemente. Miraos al espejo y confrontad: ¿qué veis en él de los jóvenes, quizá niños, que un día decidieron que su vida se construiría viviendo en fragmentos las vidas de otros?

M: Ayyyy [suspira]. Pues viene muy bien volver a ese primer momento. En mi caso te diría… No sé si en todos los casos es así pero en el mío siento que no es algo que tú elijes sino que te elige a ti. Al igual que siento que los personajes te van eligiendo y tú te los pones, yo creo que [esta vocación] es algo que me eligió. Fue viendo una película, fíjate, Baby Jane. No tenía yo ni siete años. La estaban poniendo subtitulada y yo vi a la Bette Davis así vestida y dije: «¡Hala, qué hace!». Después estaba el típico Belén del colegio en el que todos querían ser la Virgen María y yo me pedí ser Herodes porque tenía más texto. Yo he sido diva siempre [risas de todos]. No sé si ha cambiado mucho.

Alberto Amarilla y Mabel del PozoA: [Imitando a Mabel] ¡Me veo igual!

M: Me veo como con barba [más risas]. No, me veo, me veo… Pues mira, en muchos aspectos…

A: [Interrumpe interpretando distintas voces, con las carcajadas de todos de fondo] ¡Es una chica! / ¡Soy un hombre! / ¡Es una chica! / ¡Qué soy un hombre! Soy el rey Herodes! Os digo que no va a quedar un niño vivo en esta ciudad. / ¡Pero si es una mujer! / ¡Qué no!

M: [Mientras sigue riendo] Y mi hermano diciendo detrás: «¿Vas a acabar ya? ¡Me aburro!». Durante la obra, así fue. Y eso lo llevo yo aquí [señalando el corazón]. Al final, y volviendo a tu pregunta, si lo pienso, estoy agradecida de que no haya cambiado tanto. Las ganas son las mismas. Cuando esto te elige a ti, no hay otra, o lo aceptas o lo aceptas. Yo creo que tenemos mucha suerte, ¿no?

Es bonito que tengas claros momentos tan concretos.

M: Pasé de querer ser Baby Jane al rey Herodes.

A: [Imitando de nuevo a Mabel] O sea, el punto clave para mí, primero Baby Jane, pero después… Herodes. Yo cuando veo que a Herodes lo ponen en un segundo plano en el portal de Belén… Perdóname, pero yo discrepo. Que pongan de protagonista a un niño recién nacido…

M: [Sin reponerse de la risa] ¡Esto no lo pongáis! Al final vamos a acabar incluyendo a Herodes en la obra.

A: Bueno, yo empecé… [a modo de testimonio] Yo empecé a drogarme… [risas]. No, enserio, al igual que Mabel, mi caso también está vinculado con el tema de la Navidad. Estoy de acuerdo con lo que dice ella, que hay algo. Pero no pasa solamente con las profesiones artísticas. Yo creo que hay algo, tío… Hablando de lo de tu abuelo, precisamente… Todos los caminos, incluso cuando pensamos que los elegimos nosotros, son mecanismos inconscientes que están proyectados. La abuela de Mabel también hacía teatro. Había en ella un anhelo de ser actriz; de hecho lo era, aunque no profesionalmente. Pues hay algo de eso cuando Mabel dice que este camino «no lo elegimos nosotros», porque heredó algo de ese anhelo. Y nos pasa a todos, no digo solamente en una profesión artística. Son muchas cosas de las que ni siquiera somos conscientes; tomamos el relevo de sueños que no se han cumplido. Si algún día llego a ser padre no sé si mi hijo o mi nieto lo harán pero, por ejemplo, mi sobrino mismo ya está cogiendo cosas de mi padre que es su abuelo.

La opinión de la crítica no deja de ser una mirada subjetiva más, aunque completamente respetable.

Decías que tu historia vocacional también estaba muy vinculada a la Navidad.

A: En mi caso, yo estaba muy unido a mi abuelo materno y cuando murió a mi me contaron que se había ido al cielo y que estaba con Dios, pero que todavía estaba, un poco, en ese momento como de… Yendo al cielo, realmente. Mi abuelo Anastasio a mí me recordaba mucho al rey Melchor, no sé… porque tenía canas. Mi hermano era más de Baltasar. Cuando él muere, tiempo después (creo que él murió por septiembre, no me acuerdo ahora), [llega] la Navidad. En el colegio dijeron: «¡Vamos a hacer un Belén!». Yo dije [poniendo voz de niño]: «¿Sale el rey Melchor?». [A lo que le contestaron] «Sí sale, pero dice solamente una frase. Alberto, cógete un pastor». A mí, al contrario que Mabel que quería ser Herodes, no me importó: «- ¿Pero sale? – Sí, sí sale. – Pues yo ese. – ¡Pero que no habla nada! Dice solamente: “Aquí tienes oro, Niño Dios”. – ¡Ese, ese!». Yo hablé con mi madre y le dije que iba a hacer de Melchor. Me vistió y yo tenía la imagen de mi abuelo constantemente. Le pedí a mi madre que me dejara un cofrecito que le había comprado mi abuelo, de familia humilde, de plata (que no era plata, sino color plata) para dárselo al Niño Dios. Esa noche para mí fue muy mágica. De pronto sentí que mi abuelo estaba ahí y que, de alguna forma, yo era mi abuelo y que yo-mi abuelo se acercaba a Dios y le entregaba el cofre de mi abuelo, como lo mejor, como que yo tenía que hacer eso. Ahí fue cuando descubrí que quería ser el rey Melchor. Desde luego no tenía capacidad para decir que eso era ser actor ni nada, pero ahí marcó algo. Y mi abuelo no quería ser actor ni nada, de hecho era un tipo más leído, dentro de lo humilde que podía ser.

¿Qué tendrán los abuelos?

A: Te voy a contar también de mi abuela paterna, que era una mujer terriblemente absurda, en el sentido de que se inventaba movidas. La llamaban a la puerta del pueblo [imitando voces de señoras mayores]: «Carolina, sal que soy María. Mira, que estamos ahí las amigas». Y ella aparecía: «La señora no está. Le digo que salga cuando venga». Cerraba la puerta y, al rato, aparecía mi abuela: «Me ha dicho la chica de servicio que me estabais buscando». No estaba loca, le encantaba inventar. De pequeño también nos disfrazaba a mi hermano y a mí y todo eso queda. Pero, hay una cosa en la que difiero de Mabel, aunque seguramente no difiera tanto, cuando dice que tenemos suerte. ¡Hostia, que el camino este es jodido!

Alberto Amarilla y Mabel del Pozo


M:
Sí es verdad. Eso lo quería aclarar. Lo decía Nuria Espert, es un dueño muy exigente.

A: Me acabo de dar cuenta ahora Mabel, de lo parecidos y diferentes que somos a la vez. Los dos estamos en el portal de Belén pero tú eres Herodes y yo soy el rey Melchor.

M: ¡Qué joputa! Eso lo quieres señalar porque yo soy el malo.

A: No [risas], es una reflexión que me surge ahora después de conocernos desde hace tantos años. Cada uno elige la fuerza por la que quiere luchar. El bien y el mal. Porque a mí me ofrecieron ser un pastor, pero es que a ella le ofrecieron ser la Virgen María… ¡Y no quiso!

M: No es que no quisiera. Estaban todas las rubias haciendo así [levanta la mano] y Herodes tenía un textazo…

A: Ella quería poder, ¡poder quería!

M: Pero lo que sí es verdad, y estoy contigo, qué oficio más bonito, y lo es, pero qué duro y qué terrible, y qué vértigo constante. Es cierto. Tienes que estar dispuesto a saber que puedes tener 50 años y que puedes estar viviendo en un zulo, compartiendo piso, sin trabajo seguro, sin jubilación, sin nada claro. Esto es cierto. Y que aun así cada vez que te vuelvan a dar un personaje, dependiendo del tipo de actor que seas, en nuestros casos, vas a volver a atravesar las sombras y las luces… Pero las dos cosas, las sombras también, y los infiernos también. ¿A qué es verdad? ¡Cada vez! Entonces, sí, es muy exigente.

Cuando acabas un personaje entras en un vacío tal que la realidad te parece pobre, aunque no lo sea.

Pero al mismo tiempo es una necesidad.

M: No sé si es algo de todos los actores pero, por lo menos nosotros, necesitamos el teatro para conectar con afuera. Es una pasada. Hay una soledad intrínseca, en determinados momentos brutal, existencial, y para tender un puente con la realidad, a veces necesitas el teatro.

Es paradójico, conectarte con la realidad mediante la ficción.

M: Es ficción pero muchas veces es donde te encuentras y donde puedes ver al otro. Es verdad. Uf, me emociono.

A: Sí, a veces tienes que representarlo para poder verlo.

Pero qué bueno es tener un referente al que volver para encontrarte contigo mismo cuando te encuentras perdido. Y lo acabáis de verbalizar. No siempre es fácil. Vosotros habéis experimentado la fama en distintos grados, el reconocimiento, el rodar junto a directores y actores que quizá admirasteis antes, el estar en la pequeña pantalla y después volver a una vida discreta y más anónima, empezar de cero. No todos lo soportan.

A: Muchas veces se habla del ego de los actores, aunque el ego se puede dar en cualquier profesión: un científico también puede tener un ego insoportable, o un filósofo o hasta un santo. Pero es verdad que en el camino este, como en cualquier camino artístico, se dan muchas situaciones extremas. De pronto, conoces a gente importante o poderosa, entras en otros ambientes… Y en un momento dado regresas al barrio y vuelves a estar con los de siempre. De entrada, es tal hostia… Porque las cosas cambian. Los actores y las actrices están entrenados para el rechazo y si no lo están el ego no lo soporta. La actriz y el actor están siendo constantemente rechazados. Para empezar, cada vez que les dicen: «No te cojo para este papel».

Alberto Amarilla y Mabel del Pozo

También lidiáis con la crítica.

A: Haces una función y te dicen: «Pues no me ha gustado». ¡Y está guay que pase así! Por supuesto, no te tiene que gustar porque sí.

M: Todo el mundo opina, pero es así. El otro día el manager de una cantante muy conocida tenía un gran disgusto porque habían puesto una crítica terrible de su representada. Yo lo miré y le dije: «Pero si es normal, tienes que estar acostumbrado». Me contestó: «A ella no le ha importado tanto». Claro, porque ella sabe que tiene que pasar por ahí. No pasa nada. Nosotros lo hemos vivido. La primera crítica mala duele, pero ya lo asumes. ¡Qué le vamos a hacer! Esto es así.

A: A mí me han pasado cosas que son un descojono. Varias veces me han parado en la calle para opinar. Una vez estaba comienzo y el camarero que me atendía me soltó: «Es que no me gustas nada, tío. Me pareces malísimo». Me quedé sin saber qué decir. Pues bueno…

M: Hay gente que parece que por criticar más, criticar en el sentido negativo, saben más. Empiezan con un «te he notado aquí un poquito sobreactuada» y como les des bola se crecen como si fueran los más entendidos. Al final, y pasa también con los críticos profesionales en prensa, su opinión no deja de ser una mirada más, completamente respetable, eso sí.

A: A mi amigo Pedro le flipa Bruce Willis. Sale un plano de la calva y le gusta, lo adora, le encanta todo lo que hace. Igual que hay gente que no lo soporta. Eso es la vida y está guay que pase, que haya estos amores y odios viscerales.

M: Siempre que no haya ensañamiento. También, a veces, hay ganas de coger una cabeza de turco y machacarla. Quizá siempre ha sido así pero en nuestra sociedad ahora es más fácil. Se coge a un alma frágil y se la destroza. Es la crítica por la crítica.

Cuanto más subjetivo y más personal es algo, a la vez también es más universal.

Con todo, vamos a ratificarnos en que habéis elegido, o más bien os ha elegido, una de las profesiones más bonitas del mundo. Aunque también entraña sus responsabilidades. Tenéis el poder de hacer llorar o reír a una persona, de tocarles por dentro.

M: Es verdad que tienes ese poder, que lo notas y que lo sientes, aunque no siempre. Cuando no estás conectado, estás vendido, pero cuando tienes el poder es alucinante.

Y en esa montaña rusa, del poder al vacío pasando por la incomprensión. Por ejemplo, con el docu Jim y Andy supimos que cuando Carrey interpretó a Kaufman, interiorizó tanto el papel que el después (y el durante para los que le rodeaban) fue algo traumático.

M: Yo creo que ahí se evidencia la depresión real postparto, que sucede siempre. Es el vacío. La vida de Jim Carrey será tan estupenda como la otra, cada una con lo suyo. Lo que pasa es que cuando acabas un personaje que te ha supuesto estar todo el día dedicado a él en una actividad física, mental y emocional, sientes que esa conexión de la que hablamos, esa que tienes cuando estás trabajando, se esfuma y entras en un vacío tal que la realidad nos parece pobre, aunque no lo sea. Por eso yo hoy quería apuntarme a un curso de cocina [risas].

A: Yo he visto la película y el docu y aborda temas interesantes. Carrey, intentó trabajar desde el punto de vista del observador, salirse él y que estuviese solamente la encarnación de Andy Kaufman, con la circunstancia de que Kaufman era él y sus alter ego. Ese papel de observador tiene mucho que ver también con nuestro trabajo y con algunas teorías de la neurociencia. Hablas del vacío, pues ese vacío, si no lo sabes gestionar, se te puede pirar [la cabeza]. Es un documental muy rico, ya digo, desde el punto de vista de la figura del actor y algunos métodos.

Alberto Amarilla y Mabel del Pozo

Hay quien pensó que se le había ido de las manos.

A: Cuenta Carrey que estaba en Malibú en la playa, pensando en Kaufman, cuando de repente saltaron a lo lejos dos delfines y sintió como Andy le ponía la mano en el hombro y le susurraba: «Tranquilo Jim, deja que yo haga la película».

M: Yo le creo. Volvemos a lo mismo. Sea real o no, si su percepción es real es que es real. ¿Por qué no? Esa misma situación se da en Re cordis.

A: Es como encarnar la energía de otra persona. Tú decías: «No quiero que se me olvide la voz de mi abuelo». ¿Y qué pasa si comienzas a imitarla una y otra vez? Al final lo que sucede es que de algún modo lo estás encarnando y tu abuelo no se ha ido. Su energía sigue a tu lado.

*/ Porque, si queremos, hay recuerdos que nunca morirán.