Borja Sémper: «El odio es un sentimiento muy intenso como para dedicárselo a determinadas personas, lo que más he sentido es desprecio»

A este chicarrón del norte la valentía no solo se le presupone, sino que se le conoce. Las circunstancias de la vida (y la sinrazón de los carniceros del terror) le hicieron dar buena cuenta de ella desde muy joven. Sin embargo, tener el cuerpo y el alma curtidos a golpes (de mar, surcando las olas del Cantábrico; o de desamor, navegando por océanos de pasión) no le impide albergar una inusitada timidez cuando se trata de poner voz a su nueva faceta de poeta. Por eso decide anticiparse a nuestra cita en el lugar donde luego compartiremos charla y buen vino. Lo hace para encontrarse allí con una experta en el arte de recitar que le dé algunas nociones básicas y vencer así la vergüenza. No es lo mismo declamar desde la tribuna de oradores del Parlamento Vasco que desde el balcón del corazón. Poner sus sentimientos por escrito es un trago que «me lo podía haber ahorrado, pero hubiera sido menos auténtico y me habría divertido menos», dice. Ahora toca superarse un poco más, como siempre ha intentado en su periplo vital. Pese a su discreción, las miradas a nuestro alrededor se posan inevitablemente sobre el que fuera elegido como el más sexy de la clase política española, y en las mesas cercanas los comensales afinan el oído para ser testigos, en primera persona y sin pagar entrada, de la película de una historia personal cargada de coraje, mano izquierda desde la derecha y versos polimétricos muy libres.

Fotografía: Juan F. López


Borja Semper¿Cómo te trata la vida, Borja?

Razonablemente bien. En comparación con muchos excepcionalmente bien, y por eso soy un afortunado, y en comparación con algunos otros pues menos bien. Pero bien, no me quejo.

Comenzamos este diálogo por los principios, los ideológicos y los vitales. Probablemente lo que eres hoy como persona tiene que ver, en gran medida, con lo que viviste en tu infancia y tu niñez y con lo que mamaste de tu familia. ¿Cómo recuerdas los primeros años de un chaval nacido en una transición a la democracia aún en pañales, más frágil si cabe en la zona donde te tocó venir al mundo?

Vengo de una familia absolutamente de clase media, del común de las familias españolas, con un padre trabajador en una fábrica que por la tarde tenía que vender seguros para llegar a fin de mes y una madre ama de casa que cuando pudo se buscó también un trabajo para ayudar. Estudié en un colegio público en Irún. Mi familia era totalmente apolítica, en el sentido de no partidista. Yo no recuerdo la política como algo presente en casa, pero sí tengo memoria de una sociedad muy politizada, en la peor de sus acepciones, donde no se podía decir en la calle lo que oías en casa, por pequeño que fuera; una sociedad en la que, con catorce años, vi por primera vez un muerto en la calle con un disparo en la nuca, un policía nacional con el que me crucé cuando volvía a casa de clase de solfeo y escuché lo que yo creía dos petardazos y fueron los dos tiros que le habían descerrajado en la nuca… Eso marca, obviamente, pero también provoca una manera de revelarse ante determinadas cosas que te parecen profundamente injustas. No es una infancia marcada, me engañaría si lo dijera, pero sí es una infancia en la que ha imperado siempre la prudencia a la hora de hablar de cosas que pueden molestar a quienes tienen fuerza o están dispuestos a utilizar el terrorismo para callar a aquellos que queremos ejercer la libertad.

¿Te sentías de algún modo distinto en el colegio?

No. En todo caso me sentía distinto por ser del Real Madrid (risas). Ser del Real Madrid en Irún es una complicación.

Vamos, que te va la marcha.

Me va, me va la marcha (más risas). Pero por lo demás en el colegio normal. Lo que sí recuerdo es decirme en casa: «Esto que has oído no lo cuentes en la calle, no hace falta que se lo digas a ningún amigo o los compañeros del cole». Igual una crítica en voz alta de mis padres ante un atentado de ETA o el hecho de sentirse español con naturalidad y normalidad. Hasta ahí, sin más.

¿Recuerdas alguna amistad incipiente truncada en aquellos años por conflictos ideológicos? De aquello que dices: «Lo nuestro va a ser imposible».

No, porque cuando somos críos yo creo que en esas cuestiones reproducimos lo que oímos. Sí he tenido amistades que se han truncado con los años, ya en la edad adulta. Compañeros del barrio con los que jugaba al fútbol luego me han querido pegar. Incluso una de mis compañeras en la infancia perteneció después a un comando de ETA que quiso asesinarme en la facultad de Derecho. Sí hay pues gente con la que de pequeño me relacionaba con normalidad y en la edad adulta nos separamos tanto como que ellos están en el bando de los que me quieren agredir o me quisieron matar. Eso ha pasado en Euskadi entre familias y entre amigos.

Has hablado de tu afición por el Real Madrid. ¿En política eres más de resultados o de buen juego?

(Risas) Yo siempre he sido más de buen juego que de resultados. Hay una cosa que busco a diario tanto en política como en la vida en general, pero especialmente en política, y es llegar a casa y poder mirarme en el espejo por la noche antes de meterme a la cama y decir: «He hecho aquello en lo que creo, con honestidad y con respeto». Que el resultado sea empate, perder o ganar… hombre, ¡mejor si ganas, obviamente! Pero esa satisfacción por ser honesto es para mí lo más importante, sin duda. No soy la madre Teresa de Calcuta, pero intento pelear contra mis demonios y contra mis miserias, como todo el mundo. Como cualquier hijo de vecino tengo miserias y tengo virtudes. Vale, pues intento que las miserias sean cada día menos y mis virtudes más.

Antes de cerrar el paréntesis deportivo… Cuando Carlo Ancelotti estuvo a punto de ver su cabeza en la picota Florentino salió pronto a defenderle. En política está cada vez más difícil poner la mano en el fuego por un compañero cuando los medios levantan alguna sospecha. ¿Tiene coste separar la línea de lo profesional y lo personal?

Tendemos a olvidar que la política la hacen seres humanos. Parece que los que nos dedicamos a esto tenemos que ser entes elevados o estar inmunizados ante lo cotidiano. Y no es así. Afortunadamente somos humanos. Eso tiene un reflejo y es que las relaciones personales influyen también en política.

No soy la madre Teresa de Calcuta, pero intento pelear contra mis demonios y mis miserias”

Y, a veces, para mal. Aunque si no tienes suficiente con los de casa tú intentas llevarte bien también con los de la del vecino.

Yo creo que debemos mantener siempre el puente de la relación personal tendido con los adversarios, con quienes supuestamente están alejados de ti ideológicamente, porque si a la discrepancia ideológica le sumas una falta de comunicación humana no hay posibilidad alguna de llegar a entendimiento. Si trascendiendo de las discrepancias políticas mantienes una buena relación personal con tus adversarios siempre tendrás una vía abierta.

Hay que tener amigos hasta en el infierno.

A mí me gusta la gente, luego ya lo que piense es distinto. Me interesan las personas, otra cosa pueden ser sus ideas políticas. El día que pierda el interés por la gente me habré convertido en un tipo que no merecerá ser político.

Pero retomemos el tema de las relaciones con la gente de tu mismo partido.

Dentro de tu propio partido pasa lo mismo, hay filias y fobias, amigos y enemigos… Está bien tener amigos, igual que no pasa nada por tener gente con la que no te llevas bien, eso es la vida.  Lo que no está bien es que eso te influya a la hora de tomar decisiones políticas. Un candidato no debe de serlo solo porque tenga amigos dentro del partido.

Tú no eres de los que se callan.

Eso es. Por ejemplo. Yo me considero amigo de Alberto Ruiz-Gallardón y discrepé con él en la reforma de la Ley del aborto. Sigue siendo mi amigo, pero eso demuestra también su talla política y nuestra manera de entender este trabajo. A pesar de que sea mi amigo yo dejaría de ser honesto si me hubiera callado por el hecho de nuestra amistad.

Borja Semper

Volvamos a los comienzos. En otros sitios de España las estructuras juveniles de los partidos son, estadísticamente, un caladero de gente con grandes pretensiones personales. Muchos quieren hacer carrera fácil, vaya. Pero en el País Vasco, en la década de los 90, no creo que fuera así ¿Qué se te pasa por la cabeza para, con 17 años, tomar la decisión de llamar a la puerta del Partido Popular? Te posicionas abiertamente del lado de los que llevan las de perder… incluso la vida.

Yo, sin decir nada a nadie, cogí el tren que une Irún y San Sebastián. Busqué en las Páginas Amarillas la sede más cercana del PP, que estaba en un barrio a las afueras, en un piso perdido de una calle secundaria. Llamé a aquel timbre y les dije: «Buenas, soy un chico de Irún y quiero hacer algo». Su sorpresa fue mayúscula, te puedes imaginar. Así formé parte de un grupo de gente que nos afiliamos en aquellos años no sé si siendo inconscientes, no sé si idealistas o una mezcla de todo. Pero creíamos en que para ser vasco no hacía falta ser nacionalista o, dicho de otra manera, no queríamos ser nacionalistas para ser «normales» en nuestra tierra. Desde luego, también queríamos hacer algo contra ETA. Otros decidieron emprender caminos en otros partidos políticos o en movimientos pacifistas o estudiantiles. Yo creí que en aquel momento el PP era mi lugar. Yo estaba deslumbrado por la figura de Gregorio Ordóñez que cuando le asesinó ETA era lo mismo que soy yo ahora, presidente del PP en Guipúzcoa y portavoz parlamentario. Era un tipo absolutamente singular. Creo que esa singularidad, por cierto, le vendría muy bien ahora a la política, porque hablaba con absoluta contundencia y naturalidad contra ETA pero también tenía una manera de ejercer la política sin prejuicios. Si tenía que discrepar de determinada posición del partido lo hacía y atendía igual en su despacho del Ayuntamiento a alguien que era de Herri Batasuna que a un votante del PP. A mi esa figura me deslumbró por su naturalidad, con esa ausencia de complejos. Eso, unido a la necesidad de hacer algo, de no callarme, me condujo al PP. Me pareció que aquello era lo más revolucionario y lo más romántico en aquel entonces. Ser militante del PP era prácticamente como ser de los parias de la sociedad, hacer política en un sitio donde… ¡Coño, era muy complicado! ¡Te la jugabas!

Has mencionado como referente a Gregorio Ordóñez, que murió en 1995. Hace semanas su asesino, Valentín Lasarte, fue puesto en libertad a 10 días de cumplir los 19 años en prisión, sin haber colaborado con la justicia. Dicen que probablemente vivirá en San Sebastián y, de ser así, no es raro que se cruce con las esposas e hijos de sus víctimas. Cada día que pasa ETA queda cada vez más atrás. ¿Pero cómo se gestiona este nuevo escenario? Es algo que ya ha pasado en otros pueblos pero que cada vez va a ser más habitual.

Ya ha pasado y va a seguir pasando. Esta sociedad se tiene que preparar ante el hecho procesal de que gente como Valentín Lasarte, que ha participado en siete asesinatos y ha sido autor material de varios de ellos, después de una pena de 20 años conforme al Código Penal anterior y con las reducciones sale a la calle cumpliendo las penas que el Estado de Derecho le impuso en su momento, es decir, cumpliendo con la Ley. Tenemos que estar preparado ante ese fenómeno. A mí eso no me preocupa ni me levanta ampollas. Yo creo en el cumplimiento de la Ley, aunque me parezca que ha sido demasiado barato el asesinato. Lo que me preocupa es cómo reaccionamos como sociedad ante esos individuos. Es decir, que no haya homenajes, que no se reconozca social ni públicamente a gente que no lo merece, porque no han estado en la cárcel por no ayudar a ancianitas a cruzar la calle sino por haber asesinado. Y que dejemos bien claro que en Euskadi el asesinato, la violencia, el sectarismo, la intolerancia… no tienen un pase ni la más mínima justificación política. Si somos capaces de hacer eso seremos capaces de gestionar bien también la salida de estos carniceros a la calle.

En una sociedad muy dada a poner etiquetas una de las que has llevado es la de miembro de la Generación Miguel Ángel Blanco. Su muerte, sin duda, marcó un antes y un después en la conciencia social de este país. ¿Cómo recuerdas aquellos días del verano de 1997?

Si te soy sincero, y huyendo de toda aureola épica, lo recuerdo con ciertos claroscuros. Probablemente sea una reacción psicológica del subconsciente. Las dos noches que Miguel Ángel estuvo secuestrado, representantes de varias organizaciones juveniles, Eusko Alkartasuna, Partido Nacionalista Vasco, PSOE y PP, todos juntos, de forma simbólica, dormimos en el salón de plenos del Ayuntamiento de Ermua. Recuerdo incredulidad. No nos podíamos creer que hubiera un ser humano en la Euskadi moderna y desarrollada de finales del siglo XX que fuera capaz de secuestrar a un chaval y, a sangre fría, pegarle dos tiros en la nuca. Pensábamos que era un órdago de ETA. Sinceramente, creímos que no podía haber nadie capaz de hacer eso. ¿Cómo es posible que eso pueda suceder? No nos lo creíamos. Y menos a medida que iban pasando las horas y había una reacción ciudadana extraordinaria e inédita en Euskadi. Es verdad que en el resto de España la gente también se movilizó y se llenaron las calles de ciudades como Madrid pero eso, hasta cierto punto, entraba dentro de la lógica. Lo que rompía cualquier esquema es lo que sucedía en Euskadi: que salieran más de un millón de personas en Bilbao, que Ermua estuviera totalmente copado, que en San Sebastián se dieran manifestaciones delante de la sede de Herri Batasuna, que la gente fuera a la parte vieja a gritar delante de las herriko tabernas que tuvieron que ser protegidas por la Ertzaintza. Eso fue un acontecimiento tan extraordinariamente inédito que pensamos que iba a ser suficiente como para tocarle la fibra a alguien y evitar la muerte de Miguel Ángel. Toda esa duda o especulación se cayó como un castillo de naipes cuando nos vino la realidad: el terrorista es terrorista y todo le da igual. A ETA siempre le ha importado muy poco la voluntad del pueblo vasco. Pero aquello, lejos de amilanarnos, lo que hizo fue redoblar nuestro compromiso, aunque con más miedo, obviamente.

¿Y el día después?

Hay una lectura privada de todo esto. Luego tú vuelves a casa. Yo tenía 21 años y vivía con mis padres. Ver en casa la reacción que tiene tu compromiso político es lo único que puede hacer replantearte en algún momento esa militancia. Pero al final todo cae por su peso. Un grupo amplio de los que estábamos allí redoblamos ese compromiso más si cabe.

¿Te has planteado alguna vez dejar la política?

Sí, pero no por ETA.

¿Y dejar tu tierra?

Sí, pero también tuve siempre claro que si me iba de Euskadi no sería por la amenaza de ETA sino porque quisiera emprender otro proyecto vital en otro sitio. Como todos los seres humanos he tenido mañanas en las que me he levantado pensando: «Lo dejo todo, cambio de vida». Son espasmos, momentos que entran dentro de la lógica cuando estás sometido a situaciones muy extremas. Pero no.

La sociedad algún día tendría que rendirse un homenaje, porque después de casi 900 muertes no hay ni una sola víctima del terrorismo que se haya tomado la justicia por su mano”.

Hablemos del miedo. ¿Qué día es el que sientes por primera vez la muerte más cerca de tu propia persona? ¿Se puede dormir con miedo a pensar en qué pasará el día siguiente?

La vez que más miedo he tenido en mi vida fue un día que estaba en la puerta del cine con mis amigos, con 21 años recién cumplidos, y me llamó por teléfono un Guardia Civil del Servicio de Información de Madrid con el que tenía trato. No se me olvidará en la vida. Yo tenía uno de mis primeros móviles, un Nokia de aquellos inmensos. Me llama y me dice: «¿A las 8 de la mañana te recogen unas compañeras en tal plaza para ir a la facultad?» Sí. «¿Paráis en Rentería, recogéis a otra compañera y desde ahí llegáis hasta San Sebastián?» Sí. «Joder tío, te iban a dar matarile. Te has librado por los pelos. No sabían si tenías escolta o no. Se piraron pero iban a volver a por ti y hemos detenido a ese comando». Comando al que pertenecía una chica de Irún a la cual yo conocía y mis padres conocían a sus padres, Iratxe Sorzabal, que todavía está en lo que queda de la cúpula de ETA. En ese momento en el que te relata un Guardia Civil lo que habría podido ser el fin de tu vida como se lo ha cantado un tío en un interrogatorio es cuando, después de haber visto la muerte de compañeros, te das cuenta de que el próximo puedes ser tú. Entonces dices: «¡Coño! ¿A mí? ¿Quién soy yo?». Así se confirmaba la estrategia de ETA, que era ir a por el más débil en la cadena del Estado. Si no puedo cargarme  al presidente del Gobierno, ni al Rey ni a un ministro, si lo que quiero es desestabilizar y hacer daño voy a la parte más vulnerable, que son los concejales de a pie. Ese es el momento en el que ETA redobla esta estrategia de socialización del sufrimiento atacando a todos: periodistas, cocineros… cualquiera que se significara públicamente en su contra era objetivo potencial. Y, por supuesto, la gente del PP y del Partido Socialista.

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Y de repente tu vida de joven depende de muchos condicionantes. Entre ellos de un escolta.

Sí pero yo tomo una decisión estratégica en mi vida: «No me van a matar, pero tampoco me van a amargar la vida». Y entonces opté por un camino totalmente diferente a lo lógica, que fue el redoblar mi vida de joven. Fiesta universitaria que había, allí que iba; copa que se organizaba en el fin de semana, allí que estaba. Con problemas con mis escoltas claro, porque esto generaba cierta tensión.

¿No serías de los que -como tiene fama que hacía el Rey Juan Carlos- te zafabas de la carabina cuando necesitabas aire?

No, yo no me he escapado nunca pero sí hablaba con mis escoltas y les decía: «Sé que me tengo que cuidar, pero vosotros tenéis que entender que tengo 20 años. Entre semana soy muy disciplinado pero, ¡coño, tengo que vivir! Bastante condicionada va a estar mi juventud como para que encima estos hijos de puta de los terroristas me acaben de amargar la vida». Así llegamos a un entente y pude vivir cosas.

¿Aún así sientes que te has perdido algo?

Sí, muchas cosas, pero he ganado otras. En la balanza pesa más lo positivo.

Aunque el filósofo José Antonio Marina dice que es un fracaso de la inteligencia, el de venganza es un sentimiento muy humano. Ante situaciones tan al límite como las que te ha tocado vivir ¿cómo gestionar la rabia? ¿Has deseado alguna vez, aunque fuese por microsegundos, la muerte de alguien?

No. Siéndote plenamente honesto, no. Es fácil de gestionar. Odiar sí he odiado en algún momento, pero el odio es un sentimiento muy intenso como para dedicárselo mucho tiempo a determinadas personas. Lo que más he sentido es un profundo desprecio y un rechazo brutal. Pero, fíjate, la sociedad española en general y la sociedad vasca en particular algún día tendría que rendirse un homenaje. Deberíamos aplaudirnos a nosotros mismos, porque después de casi 900 muertes no hay ni una sola víctima del terrorismo, ni una sola persona amenazada por la banda terrorista, que se haya tomado la justicia por su mano. Nadie desde los comienzos de la democracia, tras la muerte del dictador. Oye, podía haber pasado. Pero no. Si matan a mi hijo que tiene nueve años, o matan a mi padre o matan a mi hermano… ¡Hostia! Pero nadie lo ha hecho. Yo conozco muchos borrokas y muchos batasunos. Podría haber cogido a cuatro amigos y haber inflado a alguno en una esquina. Nadie en España ha hecho eso. Es verdaderamente llamativo, viéndolo en positivo.

Es lo que diferencia a las víctimas de sus verdugos.

Claro. Por eso el Estado tiene que responder con lo único que nos proporciona seguridad. A nosotros nos decían: «Aguantad, que la Ley y el Estado de Derecho vencerán». Si no vence el Estado de Derecho ante una banda terrorista, un movimiento totalitario o una organización criminal, la que sea, toda esa generosidad y esa confianza en el Estado de Derecho se tira por la borda. Por eso es tan importante que la Ley se cumpla, que paguen sus penas.

20 de octubre de 2011. ETA anuncia el cese definitivo de la violencia. Agur ETA. ¿Cómo vives ese día? ¿Hay miedo hoy a una posible marcha atrás?

Yo no lo tengo. Estoy absolutamente convencido que la ETA que hemos conocido no va a volver nunca. Ahora los riesgos son otros. Como todas las sociedades modernas estamos expuestos a posibles movimientos totalitarios, pero ETA se ha acabado. Y no porque hayan tenido un repentino acceso ético o porque hayan interiorizado que la violencia no tenía una justificación moral. No, no. Se ha acabado policialmente con ETA. Mira, uno de los recuerdos que tengo de aquellos años es el del mito sobre la imbatibilidad de ETA. Los batasunos, incluso el PNV, nos decían: «ETA es un movimiento tan arraigado en la sociedad vasca, con tanto respaldo social, tan potente, que nunca se conseguirá acabar con ellos policialmente». Los hechos han demostrado lo contrario. Con el trabajo conjunto de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, los jueces, las instituciones, los ciudadanos… todos juntos hemos ido desmembrando a ETA. Cada vez accedían a la cúpula carniceros peor preparados hasta el punto, y esto lo sé de buena tinta, de que estaban buscando cómo bajar la persiana «honrosamente». Bueno, esa ETA no va a volver. Se acabó. Ahora bien, el odio inoculado en una parte de la sociedad vasca sigue presente. Hay muchos aún a los que les encantaría partirme la cara, no por ser del PP, o no solo por eso, sino porque durante 40 años ha habido una socialización de la violencia. Se ha socializado como políticamente aceptable, respetable y defendible la utilización de la violencia en democracia. Claro, eso ahora hay que borrarlo. Por eso las apelaciones que hacemos a la izquierda abertzale, porque si durante cuatro décadas justificaron el terror ahora son ellos los principales responsables de desandar este camino. No han dejado de matar y ya nos olvidamos de la historia. Hay una parte de la sociedad vasca que ha crecido en esa cultura del terror. Hay que resetear los cerebros de gente que ahora tiene mi edad y que habría justificado que en su día me hubieran matado. Hay que hacer todavía mucha pedagogía de la libertad y de la democracia en Euskadi.

El Parlamento de Navarra se ha convertido en la primera institución en reconocer y condenar «la limpieza nacional, los crímenes contra la  humanidad y actos de genocidio cometidos por la izquierda abertzale y su brazo armado, ETA, en territorio de País Vasco y Navarra». ¿Se verá eso algún día en el Parlamento Vasco?

No, ahora no. Imposible. El PNV nunca accederá a eso.

¿Cómo sobrellevas en tu día a día las miradas de odio de sus oponentes políticos o escuchar piropos como el de «fascista» salido desde un escaño de alguien al que las urnas han colocado ahí y ahora te quiere dar lecciones de democracia?

Lo hacían ya antes. Es curioso porque cuando yo era concejal de Irún, los portavoces de Herri Batasuna o Euskal Herritarrok cuando íbamos a proceder a la votación de la condena del asesinato de un compañero mío, por ejemplo, coño… ¡encima nos hablaban de democracia y de un conflicto extraño que nadie conocía! Nosotros solo sabíamos que unos mataban y otros moríamos. Hoy esto se lleva deportivamente, no te queda otra. Jode… Jode… ¡Jode profundamente! Porque algunos con los que compartimos escaños estaban en pancartas enfrente de mí diciendo siempre: «Fascista, el próximo en la lista». Y ahora les tienes enfrente debatiendo sobre cualquier cosa con la mayor naturalidad.

¿Y cómo percibes la amenaza de otro tipo de terrorismo como el yihadista?

Es una realidad objetiva que está ahí y es una de las principales amenazas que tenemos en este momento. Me da igual la bandera que defienda cada totalitarismo, porque a todos les une lo mismo, independientemente del color, el rey, el dios o la bandera que digan defender. Afortunadamente, esta amenaza no tiene el respaldo social que podía encontrar la otra entre algunos sectores, pero sí es un peligro notable. Es gente que está dispuesta a meterse en medio de una plaza y activar una bomba. Tenemos que ser capaces también de afrontarlo.

Odiado por unos e incomprendido o envidiado por otros, otras de las etiquetas con las que se te ha calificado son las de «político normal» y «verso suelto» dentro de tu propio partido. Aunque no eres el único. Sin entrar en las polémicas internas, ¿cuál es el modelo de liberal por el que apuestas?

El PP es un partido que recoge un amplio abanico ideológico con matices, gente un poco más de aquí y un poco más de allá. Pero, cuando a mí me dicen que soy un verso suelto yo digo que, en el fondo, lo que soy es lo que a mí me gustaría que fuera el PP, un partido que antepusiera la libertad del individuo por encima de cualquier otra cosa. Yo soy un liberal en lo económico y en lo social. Para mí el liberalismo de verdad es aquel que quiere que el ciudadano tenga cuanto más dinero mejor en su bolsillo antes que en cualquier cajón de la administración pero también es el que defiende un Estado que no nos diga cómo vivir y que trate igual a sus ciudadanos independientemente de a quién voten, a quién recen o a quién besen; un Estado que cree las condiciones para que nos podamos desarrollar en libertad sin manosear nuestras vidas y sin mangonear qué debemos o no hacer. Yo siempre he tenido la sensación de que tanto la izquierda como la derecha, en sus acepciones más tradicionales, en el fondo tienen la tendencia a decirnos a los ciudadanos cómo debemos vivir. Y eso me cabrea un poquito. Por eso, si me tengo que definir de alguna manera me defino como liberal. Y no, lo de verso suelto es más una etiqueta que ponen los medios de comunicación.

¿Mejor entonces un hombre singular?

Mira, todos somos singulares, y hablando de política también todos los políticos tienen una singularidad, lo que pasa es que hay algunos que se atreven a contarla y otros que no. Hay algunos que se atreven a decir lo que piensan, aunque eso pueda chocar con algunas posiciones del partido y otros que no. Yo animo a todos a que saquen esas singularidades, porque es lo único que enriquece el debate. Si todos los políticos pensáramos igual la política sería de cartón piedra. Y ya lo ha sido en muchas ocasiones. Por eso también creo que una de las necesidades que tiene la política española es la de ganar en naturalidad, pero eso no depende de las cúpulas  de los partidos, depende de cada uno de los que hacemos política. Yo no es que sea más singular que otros. Lo que pasa es que me atrevo a decir algunas cosas, pero siempre coincidiendo, y el que me quiera decir lo contrario se lo discuto, con lo que defiende el PP.

Cuando me dicen que soy un verso suelto yo digo que en el fondo lo que soy es lo que a mí me gustaría que fuera el PP, un partido que antepusiera la libertad del individuo por encima de cualquier otra cosa”.

¿Incluso en temas como el del aborto que nombrabas antes?

Si creo que el debate sobre la regulación del aborto debe ser libre y cada uno debe expresar sus opiniones tengo que dar la mía. Yo no creo que el aborto sea un método anticonceptivo y no creo que sea tampoco un derecho subjetivo. Lo que sí creo que es que hay diferentes formas de regularlo. Yo creo en el derecho a la vida, creo que el aborto debe ser en todo caso la última solución y creo en una sociedad que promueva la educación sexual, que informe a los chavales… Antes de llegar al aborto hay muchas cosas por hacer y no las abordamos con determinación. Al final podemos tener la tendencia a creer que legislando sobre el aborto hemos resuelto el problema y el aborto en cualquier caso, sea cual sea la regulación, es un drama. Lo que sí creo es que hay que dar respuesta a una realidad social y creo más en una ley de plazos que en otra de supuestos. ¿Eso quiere decir que soy pro-abortista? No. Para mí el aborto es algo terrorífico.

También como queja, has dicho que te molesta que otros partidos se hayan erigido en defensores de causas sociales en las que también debería estar el PP.

La homosexualidad, por ejemplo. ¿Por qué el PP ha dejado esa bandera a los partidos de izquierdas? No lo entiendo. Es algo que nunca he sido capaz de comprender. Un partido que aspira a ocupar la centralidad de la política española tiene que plantear también en su discurso los derechos del individuo, como decía antes, independientemente de a quién bese o a quién ame. Yo no le voy preguntando a la gente: «¿Tú qué eres gay o eres hetero?». Me da igual. Y esta cuestión tiene que tener el mismo tratamiento por parte del Estado. O la cultura. ¿Por qué la cultura es una bandera de la izquierda? Todavía me pregunto yo el porqué. Es algo inconcebible. Probablemente desde el partido no hemos hecho el esfuerzo por demostrar a la gente que nosotros creemos en la cultura y en todos estos asuntos. Pero yo también creo que eso va a cambiar. Espero. O al menos yo empujo para que cambie. Me gustaría. Pero me niego a darle esas banderas a la izquierda. Me niego, me niego. No es justo.

¿Cómo ves, por cierto, a las candidatas a la comunidad y la alcaldía de Madrid, a las que también han definido alguna vez como versos sueltos?

Bueno, desde luego si el PP ha apostado por algo en Madrid es por candidatas que no dejan indiferente a nadie. Son mujeres con un recorrido político más que notable y que generan debate porque tienen ideas y a mí eso me parece más que saludable, independientemente de que algunas cosas te gusten más y otras menos, como la vida. Pero yo creo que el cartel que presenta el PP en Madrid es difícilmente vencible.

Tanto la izquierda como la derecha tienden a decirnos cómo debemos vivir; y eso me cabrea un poquito”.

¿Y el futuro nacional? ¿Hay en el partido conciencia del daño real que pueda generar la entrada de fuerzas como Podemos o Ciudadanos al PP y al PSOE?

Yo creo que el bipartidismo en España nunca ha existido, lo que ha existido son dos partidos que han sido los más votados por los ciudadanos. Me parece muy curioso cómo el lenguaje ha hecho realidad algo que no es tal. Hasta ahora, todos los países de nuestro entorno, en el mundo occidental, han articulado en las últimas décadas su representación política en función de los dos partidos más votados por los ciudadanos. Los franceses siempre entre la derecha y la izquierda; los británicos, laboristas y tories; Alemania, con los socialistas y ahora la derecha de Merkel… No somos un caso aislado ni extraordinario, sino dos partidos que somos capaces de aglutinar posiciones ideológicas de centro-derecha y de centro-izquierda. Esto se altera desde el momento en que se da una crisis económica, casos de corrupción, etc. Podemos es un fenómeno completamente diferente, a mi juicio. Aglutina a gente de extrema izquierda pero también gente que está cabreada con los partidos tradicionales. No lo digo en plan crítico con quienes van a actuar así, pero hay mucha gente que va a votar a Podemos por joder. Muchos conocidos míos me lo han dicho, e insisto, no lo critico. No me preocupa Podemos, me preocupan las causas que han hecho que Podemos crezca.

¿Y es un cabreo reversible?

Creo que si somos capaces de recuperar la confianza del ciudadano, hacer una gestión más humana, demostrar a la gente que ahora que salimos de la crisis no vamos a dejar tirado a nadie en la calle y que la corrupción ha sido algo de lo que se ha aprendido mucho y que no va a volver a pasar, ni vamos a tolerar, ni vamos a volver a reaccionar de la manera en que lo hemos hecho… Si somos capaces, conseguiremos evitar fenómenos como el de Podemos. Y Podemos se va a ir desinflando, a mi juicio, a medida que vayan contando qué es lo que realmente son o qué es lo que realmente proponen. En cuanto a fenómenos como el de Ciudadanos, han crecido también al albur de una desafección de la gente hacia partidos como el PP y el PSOE. Por eso, el riesgo del PP no será ni Podemos ni Ciudadanos sino no hacer lo que debemos. Pero, como lo vamos a hacer, estoy tranquilo.

Has rechazado ser candidato por San Sebastián. ¿Has meditado alguna vez dar el salto a la política nacional en la primera fila?

No. Esta es de las respuestas de manual de político, pero créeme, yo vivo el día a día. Si algo me ha demostrado la vida en política es que hay que huir de los castillos de naipes o los cuentos de la lechera. A mí me apasiona lo que hago. En Euskadi tengo un trabajo ingente todavía. Si algún día, por el motivo que fuera, alguien cree que debo estar en Madrid pues me lo plantearía. No descarto nada en la vida, pero mi día a día empieza mañana, de verdad.

Hemos hablado de muchas etiquetas en una sociedad muy dada a ponerlas. Si pudieras ¿cuál te gustaría quitarte de encima?

Muy buena esa pregunta. Joder, me han llamado tantas cosas: pijo, facha, hipster… Hay gente es que no tiene ni puta idea de lo que es un pijo, lo que es un facha y lo que es un hipster. (Risas)

Ha llegado el momento de hablar de tu nueva faceta, no como escritor, porque ya te habías estrenado en ese campo, pero sí como poeta. Ya ha quedado claro que eres valiente…

Irresponsable.

Irresponsable y valiente, pero la valentía o la irresponsabilidad no está reñida con la timidez y se te percibe cierto pudor cuando hablas de tu obra al ver tus sentimientos negro sobre blanco en Maldito (des)amor.

Sí, siento cierto pudor, eso es cierto. Pero las ganas de contar cosas han superado al pudor que tengo por el hecho de contarlas. Empecé a escribir para expulsar demonios y luego para regodearme en mi suerte, todo en vinculación con las relaciones afectivas. Y es verdad que me lo planteé mucho. Pero dije: «¡Oye! ¡Qué coño! ¿Por qué no? Si has escrito algo y hay gente a la que le puede inspirar y gente a la que le gusta, por qué no publicarlo». Es un reflejo también de cómo actúo en la vida. Me lo podía haber ahorrado, pero hubiera sido menos auténtico y me habría divertido menos. Con lo cual, prefiero ser auténtico, divertirme y llevarme algún palo. Es verdad que, haciendo algo tan específico como es poesía, sin haber leído el libro, hay algunos que por el hecho de ser del PP me van a dar hostias y otros que por lo mismo me van a aplaudir. Esos dos extremos no me interesan tanto. Lo que me interesa es que la gente entienda que soy un tipo normal que hace algo singular como es política pero al que le pasan cosas y se atreve a contarlas.

Encajas las críticas con deportividad, pero lo cierto es que te han llovido más halagos que palos.

Me está yendo bien, lo tengo que reconocer que me está yendo bien.

Luis Alberto de Cuenca, un padrino de excepción para la ocasión, ha dicho que la poesía te ayudará a superar las puñaladas de la política ¿Se lo recomendarías como terapia a alguien?

A todo el mundo. Yo siempre recomiendo a la gente que lea, lo que sea, incluso los prospectos de Termalgin, pero que lean. Creo que la lectura te ayuda a dudar y a crecer y hace falta mucha más duda y muchos más grises que blancos y negros. Está bien tener algún blanco y negro, pero profundicemos en los grises, y eso la lectura lo estimula.

¿Sigues componiendo?

Sí, mis cosas, mis pajas mentales y mis paranoias. Pero lo próximo que haga seguro que no es ni poesía ni ensayo, será otra cosa. Me divierte.

Empezamos preguntándote cómo te sentías hoy. Para finalizar, te vamos a pedir que amplíes esa mirada a una reflexión sobre la situación de nuestra sociedad.

Veo una sociedad tocada, no hundida. Una España que empieza a reaccionar. Es tiempo de recuperar algo que es un intangible en política pero que es fundamental: la ilusión. Tenemos que volver a la autoestima colectiva, como país. Para eso es importantísimo un liderazgo político. Yo creo que si nos desprendemos de algunas cosas que tenemos muy chungas vamos a funcionar bien. Ahora sí, ahora que salimos de la crisis económica tenemos que fijarnos mucho en la gente que lo está pasando mal, recoger, amparar, solucionar problemas de gente que no se va a poder reenganchar a esa recuperación. Si hacemos eso proyectaremos una imagen muy positiva al resto que nos hará ser mejores.

¡Borremos pues el (des)!