Lorenzo Silva: «Un escritor no puede crear más de tres historias de amor que merezcan la pena»

Sin buscar paralelismos, nos citamos en el mismo lugar en el que los protagonistas de su última novela ­–una de amor, después de 20 años– se encuentran para dar una oportunidad a la ley no escrita de que las corazonadas no son siempre fragmentos de una gran casualidad. Es en un parque, el del Retiro, en el que el novelista parece moverse como pez en el agua, aunque no sea la de su estanque, ese que lo mismo recoge en su fondo una urna funeraria que una dentadura postiza. Lorenzo Silva presume de estar tan alejado de Madrid que sabe dejarse sorprender cada vez que vuelve (y es muy a menudo, vaya), como si de un forastero se tratara, revitalizando así su vieja vocación de ser un poco extranjero en todas partes. Pero no nos engaña; este pulmón madrileño lo conoce muy bien. Cuando regrese aquí a firmar ejemplares de sus obras en la próxima Feria del libro podrá soplar 20 velas recordando la pérdida de su virginidad de cara al público, bolígrafo en mano, en este mismo escenario. Bajo un cielo típico de la primavera madrileña en el que sol y nubes pugnan con fuerzas parejas, antes de empezar la charla Lorenzo consulta el teléfono por última vez para preguntar por los más pequeños de la casa, que en estos días adolecen de males típicos de la edad o de las circunstancias. Invocando a los efectos contrarios, un café le ayuda a relajarse y, con mucha calma, comienza nuestra charla en el espacio donde pocos minutos antes dos jóvenes se comían a besos. «Vamos a esperar para no romperles el momento», dice. Ellos marchan y nosotros dialogamos.

Fotografía: Juan F. López


En una de esas divisiones que nos gusta hacer o adoptar para dar orden al mundo, el filósofo Isaiah Berlin decía que solo existen dos tipos de escritores: los erizos o los zorros. Los primeros se centran en la especialización, en el detalle de una faceta; y los segundos eligen el camino de lo múltiple y variado. Yo contigo abriría una tercera clasificación aunque no sé con qué animal la relacionaría. Como referente de la novela policiaca en España eres un poco erizo, pero en tus casi 50 títulos editados ha tocado otros palos, como en este caso el amor, aunque no sea de una manera convencional. ¿Cómo te clasificarías tú?

Yo soy más zorro. Lo que pasa es que zorro, a veces, tiene una connotación que invita a pensar que no se profundiza. Yo creo que, como la vida es larga, como el día tiene bastantes horas y si uno hace lo que le gusta también tiene bastantes energías, se puede profundizar en varias cosas a la vez. A mí me gusta ir hasta el fondo en todo lo que me meto, pero sí que me siento más zorro en el sentido de explorar. Hay muchos agujeros interesantes por ahí; quedarte solo haciendo la topografía de un agujero único se me queda un poco pequeño.

Muchos autores confiesan que para dar forma a sus personajes son un poco vampiros, que se alimentan de las vidas de amigos o gente conocida, de su forma de ser, de sus vivencias… Por otro lado, cuando el lector afronta una obra como música para feos, siempre le queda la duda de si en algo se refleja la propia experiencia del autor. En este caso, la voz cantante la lleva una mujer. ¿Cómo hiciste para dar forma al personaje de Mónica? Llevabas varios años detrás de la historia, porque necesitabas viajar a sitios y hablar con gente, el proceso no fue fácil.

Para mí la mayor dificultad que tenía el personaje de Mónica era la voz, la voz de una mujer que es de una generación distinta a la mía; una voz de alguien que tiene recursos, porque es una persona que está acostumbrada a leer y a escribir, pero que al mismo tiempo tenía que sonar natural y no excesivamente impostada, sin que se me pudiera ver a mi ahí más de la cuenta. La construcción del personaje vino en cuanto me surgió la idea de la novela, porque es verdad que, probablemente, está creado un poco a partir de esa vampirización saludable de muchas personas, personas con las que yo he trabajado, personas que son amigas mías, personas con las que he hablado de cosas como, por ejemplo, la diferente relación que tiene la mujer con el entorno profesional en función del paso del tiempo.

Eso se ve reflejado en la novela.

Es curioso porque, así como en determinados entornos un hombre cuanto más experimentado es más oportunidades profesionales tiene, dentro de un límite, claro, parece que en esos mismo entornos la mujer tiene más oportunidades cuanto más inexperta es. En cuanto empieza a tener experiencia, paradójicamente, comienza a perder oportunidades. Es una paradoja terrible pero es así. Y esto lo he hablado con mujeres que lo han vivido en primera persona. Así que, para el personaje de Mónica, disponía de mucho nutriente cuando surgió la idea original de la novela. Tengo que confesar que el que me ha obligado a moverme más es él.

Es Ramón el culpable de que la obra se dilatase en el tiempo.

Es el que me ha obligado a moverme más porque, aunque yo tenía mucha información con respecto al mundo al que pertenece, que a mí me es muy próximo desde la infancia, solo tenía las coordenadas generales. Yo necesitaba coordenadas particulares de lugares y de episodios que algunos de ellos están lejos y otros son muy difíciles de conocer porque no hay información o la información que se ha dado es muy pequeña o no es fácil llegar a ella. En particular, yo para hacer esta novela y para entender mejor al personaje de Ramón consideré que me tenía que ir a Afganistán y que no podía escribirla sin vivir lo que es la experiencia de la gente que está destacada en este lugar. Y eso me costó varios años conseguirlo.

¿Por la cuestión de los permisos?

Bueno, me concedieron permiso antes pero lo que costó varios años fue que me dieran permiso y yo pudiera ir, porque claro, a Afganistán no se va el martes para volver el miércoles. Se puede ir así, pero a mí no me interesaba. Yo quería vivir en el lugar, por lo menos, una semana, dormir donde duerme la gente, comer donde comen… En resumen, ver su vida. Y en eso tardé. Y también tardé en definir algunas aristas, las más oscuras o complicadas, por decirlo así, las más problemáticas de la personalidad de Ramón, que me exigían hablar con determinada gente y acceder a ciertas informaciones que no han sido nada fáciles de obtener, en primer lugar porque son experiencias sensibles para la persona que las ha vivido y cada uno administra sus experiencias sensibles como quiere, no le puedes obligar a nadie a que te las cuente; y también porque en otros casos tienen que ver con situaciones a las que, incluso por razones de seguridad, no se puede dar excesivo conocimiento o difusión. Y esa ha sido, realmente, la parte difícil. Yo la historia la tenía muy clara en la cabeza desde hace unos cuatro años pero hasta hace muy poquito no acabé de encontrar toda la información que necesitaba sobre él.

Una de las cosas que he admirado siempre de los creadores literarios es el poder que tienen, como dioses, para dar vida a unos personajes que interpelen al lector, que le hagan desear conocer más, sufrir con ellos u odiarlos, pero que no suelen dejar indiferentes. Esto sucede con Mónica y Ramón que son figuras quizá muy reconocibles para nuestra generación. Personajes que parece que tocan fondo pero, como dices, siempre queda en ellos algo susceptible de ser redimido.

Sí, yo creo que ni siquiera en las situaciones más extremas el hombre debe renunciar a su dignidad. Y ahí tenemos un material muy bueno como referencia que es toda la literatura del holocausto. No solo Primo Levi (Si esto es un hombre) o Viktor Frankl (El hombre en busca de sentido), que son los que cita todo el mundo, sino también relatos como, por ejemplo, el de Imre Kertész o el de Margarete Buber-Neumann, la biógrafa de Milena Jesenská (Milena), que estuvo con ella en Ravensbrück. ¿Se puede estar peor que así? Y, sin embargo, en esa coyuntura ves seres humanos que conquistan un espacio de dignidad, muy pequeño, muy estrecho, muy precario. Un espacio en el que cabe, primero, la voluntad de supervivencia. Hablamos de personajes que en muchos casos sobreviven; Milena no, pero otros sí. E incluso en el caso de los que no sobreviven, como Milena, hay algo que me impresiona mucho en el libro que lleva su nombre y narra su historia en el campo que es la resistencia frente a la degradación absoluta a partir del sentido del humor. Ella consiguió mantener la alegría en medio de todo eso. Siempre hay un reducto que es nuestro, que si lo cedemos es porque cedemos la soberanía que nos es propia. Te pueden quitar la hacienda, te pueden separar de tu familia, de tus hijos, de tu país, de tu tierra… te pueden quitar muchas cosas, pero hay un reducto de tu personalidad que no te puede quitar nadie. Lo cedes tú o no. Y el que no lo cede no lo cede. Y la historia demuestra, una y otra vez, que hay personas que no lo ceden.

Y de fondo, como un tercer protagonista, o quizá el primero, la música, con varias de Tino Casal, algo de Amy Winehouse, Pink Floyd, Franco Battiato o hasta Extremoduro. Música para feos… «Somos feos, pero tenemos la música», reza la frase de Leonard Cohen con la que se abre la novela. ¿Qué canción le pondrías a este momento de la vida?

Ummm (risas). Bueno, las canciones de la novela tienen que ver en parte con mis gustos, aunque no te creas, sobre todo para las canciones de ella he consultado a otras personas. Un par de canciones me las ha sugerido mi hija, alguna otra mi mujer. Me gustan a mí también, si no no las hubiera incorporado. Pero qué canción pondría en este momento. Ufff (más risas). ¡Es difícil! Quizá alguna de Battiato. A mí el cantante y compositor más completo me parece él. Es como si fuera un marciano. Si caes en la cuenta de la cantidad de canciones buenas que tiene dices ¿cómo lo hace? Ha compuesto mucho y no todas son igual de buenas pero la mayoría sí. Una que me gusta mucho es Centro de gravedad permanente. Me parece que es una canción en la que me repetiría muchas veces. Yo lo que necesito es un centro de gravedad que me ancle a lo que realmente es importante y no perder esa noción.

Y frente a la fealdad, la belleza. ¿Dónde la buscas o dónde la encuentras?

En la música, por ejemplo. Pero también en las personas. Creo que a veces atendemos mucho a los paisajes, al arte, a la belleza, digamos, muy deliberada, y se nos escapa otra. Yo recuerdo muchas veces, no sé si lo has leído, el arranque de Toda la belleza del mundo, de Jaroslav Seifert. Son sus memorias escritas cuando ya era muy viejo. Él no quiso contar su vida, lo que dijo fue «me voy a sentar y voy a apuntar todo lo que recuerdo de las bellas personas a las que he tenido la suerte de conocer». Y no dice bellas desde un sentido físico, sino pensando en todas las personas que le han ayudado a tener sensaciones hermosas respecto del ser humano, respecto de sí mismo, respecto de la vida. Creo que si estamos abiertos, receptivos y tenemos cierta curiosidad y cierta generosidad, las personas te regalan montañas de belleza, pero montañas. La gente es capaz de hacer cosas muy feas, pero también es capaz de hacer cosas hermosísimas, a veces trascendentales y a veces triviales. Pero no buscamos esa belleza y no la buscamos donde la tenemos más cerca. Cualquiera que, como yo, tenga hijos, tiene en su casa personas que, estoy seguro, producen chispazos de belleza cotidiana, y muchos se nos escapan, porque estamos distraídos en otras cosas que son menos importantes.

Tendemos a buscar la belleza más obvia y, especialmente, en lo grande.

Sí. Recuerda lo que decía Robert Musil del peligro de vincularse a grandes cosas. Esa es una frase en la que he pensado muchas veces. El peligro de vincularse a grandes cosas es el que está detrás de los totalitarismos, los nacionalismo disparatados y todas esas cosas. A veces, la belleza, la verdad y lo importante están más a ras de tierra, a una escala más humana.

Volviendo a Música para feos, decíamos que es una novela de amor, pero no una novela convencional, o no entraría dentro de esa corriente tan de moda de la novela romántica de la que podríamos preguntarnos, como el título de la película, por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo.

Novela romántica fronteriza con la novela erótica. Tú puedes tener muchos conocidos, pero amigos no tantos. Puedes tener muchos ligues, pero amadas y amantes de verdad no tantos. Cuando se entra en la fase de producción industrial creo que lo que haces es bajar necesariamente un nivel, o dos o tres. Una personas no puede tener 18 grandes historias de amor. ¡Le reventaría el corazón con 30 años! Probablemente un escritor tampoco pueda crear más de dos o tres historias de amor que merezcan la pena.

El peligro de vincularse a grandes cosas es el que está detrás de los totalitarismos, los nacionalismos disparatados y todas esas cosas. A veces, la belleza, la verdad y lo importante están más a ras de tierra, a una escala más humana”.

De hecho, tú has tardado más de 20 años en escribir la segunda.

Sí [risas]. Yo llevo dos, de momento. Cuando alguien se especializa en sacar una historia de amor más fuerte que la vida cada tres meses… No voy a criticar a nadie, cada uno puede hacer lo que quiera y, además, lo puede hacer muy bien, con dedicación a su público. Es dinero ganado honradamente. Pero yo tengo muchas reservas respecto de que eso pueda convertirse en industrial. Pasa lo mismo incluso, fíjate, en la propia novela negra, que parte de algo que tiene más formas y manifestaciones como es el crimen, porque hay muchos cada día y en este momento se estará produciendo alguno. Yo cuando escribo una novela negra siempre pienso: ¿Hay realmente tanto material? Y he llegado muchas veces a la conclusión de que no puedo sacar una cada año. Aunque hubiese material, al final, narrativamente, empezaría a clonar fórmulas y mecanismos. Y eso que la variedad del crimen es, prácticamente, inagotable. El amor sucede entre unas coordenadas muy pequeñas y cuando tiene realmente fuerza con una intensidad que tampoco es compatible con la cantidad ni con la profusión. Yo lo respeto, eh. El que se gane la vida honradamente y entretenga sus horas con eso me parece respetable, pero, desde luego, no entra en mi visión de la literatura ni de la creación literaria dedicarme de una manera semejante a generar ese tipo de historias en cantidades industriales, porque precisamente el valor está en la escasez y en la intensidad. Por eso creo que mis dos novelas 100% de amor son mis dos novelas más cortas.

Echando la vista atrás son ya casi tres décadas las que llevas de dedicación a la escritura y casi 20 años los que en la primera línea editorial en España.

Sí, este año volveré aquí, a la Feria del Libro de Madrid, 20 años después de mi primera vez, que fue en 1995.

¿Qué queda y que ha cambiado de aquel Lorenzo Silva que empezaba a llegar a la vida de los lectores a mediados de los 90?

En los últimos años, por razones diversas, he releído poco mi obra –la releo muy poco– pero sí he releído mucho de lo que leía en aquella época. Yo creo que también somos lo que leemos. Y, creo que, afortunadamente, queda mucho de aquel Lorenzo. Con 20 años tenía a mi alrededor mayores a los que quiero mucho pero con los que discutía bastante, y siempre me decían: «Espera que pasen 20 años más y se te irán esas ideas». Han pasado 20 años y más y, afortunadamente, algunas de esas personas siguen aquí para poder hablar con ellas y les puedo decir que, oye, ¡cómo que no lo veo tan diferente! Hay una serie de cosas, eso sí, que me estresan y me tensan menos, o que afronto con más seguridad o con nuevos matices pero, en general, veo las cosas esencialmente como las veía a los 20 años y sigo creyendo que lo importante está básicamente donde creí que estaba con esa edad, lo que pasa es que durante mucho tiempo no me pude dedicar a ello. Tuve que centrarme a otras cosas pero en cuanto se me ofreció la oportunidad no me lo pensé ni un momento y no me he arrepentido ni un segundo de los años que llevo dedicado a lo que yo intuía con 20 años que era lo importante para mí. No tengo ninguna sensación de error.

¿Y qué queda de aquel abogado? ¿Volverías a ejercer la profesión? Mira que ahora tendrías mucho trabajo defendiendo corruptos. Aunque ya te ocupas de ellos de vez en cuando también en tus novelas.

El abogado siempre tiene trabajo. Es como un seguro de vida que me he puesto ahí, un seguro de paro por si algún día ya no se vende ningún libro y nadie lee literatura, pues mira, me podré poner la toga. Mejor o peor, siempre habrá trabajo ahí [Risas]. Fíjate, aquello fue un accidente, pero los accidentes también te construyen. Yo no tenía ninguna vocación jurídica. Me pareció una profesión para la que podía tener ciertas capacidades que me permitieran no hacer demasiado el ridículo como abogado y, también, que me podía mantener económicamente, cosa que durante mucho tiempo no podía hacer la literatura. Pero ese accidente me ha aportado muchísima información. Me doy cuenta de que en mi visión de la realidad está siempre esa mirada, porque a fin de cuentas el Derecho es un prisma para analizar la realidad.

Aflora la visión del abogado.

¡Y afortunadamente! Por ejemplo, cuando escribo un artículo lo releo, lo corrijo a efectos literarios, estilísticos y demás y, casi sin darme cuenta, hago una última lectura preguntándome: ¿por esto me puede demandar alguien? (Risas). El abogado se lee el artículo una última vez. Y a veces pulo algo ¿eh? (Más risas). O sea, que no me ha venido mal. Y luego, fíjate, la abogacía es una profesión dura, mal conocida, que tiene muy mala fama, peor que la que merece probablemente, porque hay abogados muy desaprensivos pero también muy generosos. Y tiene una cosa buena y es que te permite conocer a muchas personas en una coyuntura en la que se revelan mucho, que es cuando tienen problemas.

Cuando están al límite.

Cuando alguien tiene problemas deja ver mucho de lo que es. Y el abogado está tratando siempre con problemas. Naturalmente, como dice House, de algún modo todos mienten. Pero en la medida en que les traslades que de su sinceridad contigo depende una buena parte de la posible solución de sus problemas es increíble la franqueza que, a veces, llegas a tener y el acceso que te da a dimensiones recónditas de las personas. Eso vale mucho para un escritor.

¿Tiene miedo al paso del tiempo?

No. Bueno, ya está… Esto está aquí y, mira, creo que, como le oí una vez decir a Castilla del Pino, lo malo del tiempo no es que pase sino que no lo hayas aprovechado. O sea, lo malo de que pasen 20 años no es que hayan pasado 20 años, es decir: «han pasado 20 años y no he hecho nada con ellos». Eso decía Carlos Castilla del Pino, que era bastante humorístico. Eso no es malo, eso es trágico, tétrico. Pero si sientes que has hecho lo que podías hacer en una medida razonable, porque nunca lo habrás hecho al 100%, pues el paso del tiempo te parecerá bien. Yo no siento que el tiempo me menoscabe, siento que me blanquea el pelo, que tengo que comer un poco menos porque mi metabolismo es más lento y cojo los kilos que no cogía hasta que tenía 45 años, cuando podía comer lo que quisiera y no engordaba (risas), pero nada más. Creo que esta es una buena edad, sobre todo llegando con salud y también con aprendizajes. Cuando tienes más experiencia no sabes más en el sentido de poseer más conocimientos o una visión más clara de la realidad, lo que tienes es una visión más clara de tus limitaciones, una visión más contrastadas de tus torpezas y, por tanto, eres más capaz de evitarlas y eso te da una tranquilidad que no tenías antes.

Comentamos que has tocado muchos palos, también el de la poesía. Pero tú mismo has dicho de esa producción tuya «si podemos llamarlo así». ¿Es falsa modestia o dices como Cervantes: «Yo que siempre me afano y me desvelo por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo»?

No, no. falsa modestia nada. Lo de Cervantes me lo podría aplicar al 100%. A lo mejor hay algún poema que se puede leer, pero con mucha indulgencia. La mayoría son muy malos, muy inertes. Les pasa un poco lo que dice Margarit, un poema o es bueno o no es nada. Y mis poemas no son nada realmente (risas). Así que los tengo escondidos y bien escondidos. Creo que la poesía no es propiamente un oficio, ni es propiamente una técnica. A la vuelta de los años me he casado con una poeta y ahora veo cuando a un creador le llega un poema. Mi mujer está hablando contigo y, de repente, se para, busca una libreta y apunta. A mí eso no me ha pasado nunca.

Pues ahora es un género que vuelve a estar muy de moda y con el que se atreve gente que no viene del ámbito propiamente literario.

Sí, bueno, bien, pero eso es como todo. También yo puedo encestar de vez en cuando algo, pero no voy a ir a la NBA (risas).

Estamos teniendo este diálogo rodeados de libros. ¿Tú eres ratón de biblioteca?

Ahora tengo el enorme lujo de comprarme los libros que me gustan, es el único lujo asiático que me permito, porque mi vida es absolutamente espartana y no me doy a ningún gusto ostentoso. Tengo una buena biblioteca en mi casa. Durante mucho tiempo tuve que vivir de las bibliotecas públicas y del bibliobús pero, afortunadamente, la vida me ha permitido comprarme los libros que leo e incluso alguno más de los que puedo leer. Y me gusta tenerlos; y aunque no sé si mis hijos lo apreciarán pues quiero dejárselos a ellos. Aunque a lo mejor luego van y la saldan en la Cuesta de Moyano, como tantas otras bibliotecas. Tengo una biblioteca muy buena sobre Marruecos, una biblioteca muy buena sobre Kafka, una biblioteca muy buena de novela negra… Y para mí es un placer construir esa biblioteca e irla leyendo en mi casa. Pero si la vida me dejara de sonreír volvería aquí, que es de donde salí, de la biblioteca pública. Yo no tenía dinero para comprarme los libros.

Imagino que para un escritor, el que le nombren socio honorario de una biblioteca, y que  encima sea la del barrio que le vio crecer, debe producir una sensación…

¡De Carabanchel!

El barrio en el que diste tus primeros pasos. 

Lo tengo puesto en mi currículum. Mis tres títulos nobiliarios son que soy socio de honor de la biblioteca pública de Carabanchel, cronista oficial de la Villa de Getafe y Guardia Civil honorario. El Duque de Alba tiene más y más rimbombantes pero, vamos, a mí me gustan los míos.

¿Sigues en contacto con aquellas calles?

Bueno, yo realmente nací en Carabanchel pero donde viví más fue en Cuatro Vientos, que es un barrio un poco fronterizo entre Carabanchel Alto y Aluche. De vez en cuando paso. Alguna vez he ido a mi antiguo instituto. Me han invitado y han expuesto mis libros. Sí, me gusta pasar de vez en cuando. Uno es, dicen, de donde hizo el bachillerato. Yo hice el bachillerato allí, así que siento que buena parte de mi formación sentimental, de mi formación lectora, de mi formación como escritor está ahí. Fíjate, además, como lector y escritor, casi todo se lo debo, no a la biblioteca de Carabanchel o de Cuatro Vientos que por entonces no existían, sino al modesto bibliobús que pasaba por mi barrio cada 15 días. Ahora ves los bibliobuses y ¡buah!, son como naves espaciales. El bibliobús que pasaba por mi barrio era una furgoneta un poco larga. Y, oye, yo con eso leí ¿eh? Yo con eso me leí a García Márquez, y me leí a Onetti, y me leí a Sábato, y me leí a  Cortázar y me leí a Kafka y me leí a Hassel… ¡Ahí había de todo! Y luego dice la gente: «No, es que no tengo más remedio que robarlo en Internet porque no gano suficiente». Y yo digo, joder, entonces yo qué hice. ¿Milagros? En fin.

El último eurobarómetro dice que casi el 74% de los suecos han visitado o utilizado en el último año una biblioteca. En el caso de los españoles la cifra la reduce al 35%.

Y en ese 35% está el que ha ido a chatear en el ordenador, el que ha ido a estudiar, el que ha ido a leer el periódico… Si vamos a ver quién ha ido a tomar en préstamos algún libro… Espero que nadie calcule esa cifra, porque no quiero llevarme una depresión. Y hay una comparación más ominosa aún que es con la intensidad de utilización bibliotecaria en Finlandia. Vi una estadísticas y, aunque hablo de memoria, creo que en cierto parámetro ese país nos centuplicaba. No du, tri, cua… ¡Centuplicaba! ¡Ostras!

El Duque de Alba tiene más títulos nobiliarios y más rimbombantes pero a mí me gustan los míos: socio de honor de la biblioteca pública de Carabanchel, cronista oficial de la Villa de Getafe y Guardia Civil honorario”.

Son palabras mayores

Se da la paradoja, te lo puedo asegurar, de que hay personas bajándose de Internet, para meter en un disco duro del que no lo van a sacar jamás, una copia pirata de un libro que nadie les disputaría en la biblioteca pública de su barrio. Esto está pasando todos los días.

La continuidad de la prensa escrita lleva puesta en entredicho desde la irrupción de las nuevas tecnologías. Ahora también se escuchan voces que hablan de la crisis en el mundo de la novela.

Pufff. ¡Eso lo ha dicho Michael Hirst! ¡El de los vikingos!

¿Tendrá que reinventarse lo novela?

Alguno tendrá que reinventar sus argumentos y tendrá que repensar su propio trabajo. Que un señor que ha montado una serie parasitando tres sagas nórdicas y una crónica de un monje danés -porque de ahí sale toda la chicha y todo lo demás es postproducción- se atreva a decir que la literatura está muerta porque la ha matado él copiando tres libros… He visto las tres temporadas de Vikingos. Me parece una gran teleserie y Hirst me parece un tipo muy listo pero, sinceramente, ha bajado muchos puntos con esa declaración que ha hecho que me parece narcisista, egocéntrica, vanidosa, arrogante… «Yo llego a 130 países» ¿Y qué? ¿Y qué? A 130 países también llega un cometa, y qué mérito tiene el cometa más que seguir la trayectoria que tiene marcada por las leyes de la gravitación universal. Mira, he visto teleseries muy buenas pero todavía no he encontrado una que compita con la Metamorfosis, que es un librito de 80 páginas.

¿Cómo te llevas tú con la tecnología?

Yo muy bien porque pertenezco a un grupo raro de españolitos al que en el año 80 nos metieron en un aula y nos dijeron: «eso es un ordenador y vamos a aprender programación». ¡En el año 80! Me enseñaron con un Apple II y era un instituto público. Lo que pasa es que tenía un profesor que era un friki. Yo levo ya más de 30 años manejando ordenadores y, sobre todo, desmitificándolos y desmitificando la tecnología. Creo que la tecnología vale para lo que vale, como la náutica, como la medicina o como todo lo demás. Hay logros tecnológicos que son avances y otros que son fracasos. Esta visión de papanatismo de que todo avance tecnológico merece la pena. No es así. Hay procesos que son pérdidas de tiempo, lo que los ingenieros llaman peoras. De vez en cuando 50 ingenieros se reúnen para tratar de mejorar una cosa que no funciona y se la cargan. Hay que saber discriminar  qué es lo que te aporta y que no y asimilarlo o descartarlo, como en todo.

He visto teleseries muy buenas pero todavía no he encontrado una que compita con la Metamorfosis”.

Pero tú no eres un novelista amanuense.

Me parece que la última novela que escribí a mano fue Noviembre sin violetas, que se publicó en 1995 pero la escribí en 1991. Eso quiere decir que llevo 24 años sin tocar de continuo un bolígrafo. Pero además yo no imprimo.

Lees en pantalla.

Siempre. Al principio lo hacía, pero te planteas qué es esto: lo imprimo, lo corrijo, lo vuelvo a pasar, lo vuelvo a imprimir… ¡Qué estupidez! Si lo puedo hacer directamente en la pantalla.

¿Y con las redes sociales cómo te llevas?

 No me gustan

Pero las usas.

Para mi actividad profesional. Lo que no entiendo es que la gente utilice las redes sociales para airear su vida personal. En la vida personal lo que tienes que hacer con tus amigos es quedar para cenar o hacerles un regalo o llevarles unas flores. La vida personal es eso. Son herramientas muy potentes para la vida profesional de quien tiene una actividad expuesta al público, ese es su lugar natural. Aunque para mí siguen siendo un poco pesadas y un poco engorrosas y un poco metijonas, y me intentan chupar siempre demasiada información personal y tengo que estar siempre defendiéndome, pero bueno… Twitter o Facebook te están tentando permanentemente por el diseño de la herramienta a que pongas tus cosas. Y ahí ves esos perfiles de Facebook donde aparece: «la cervecita que me estoy tomando no sé dónde». ¿Por qué? Porque todo eso incrementa el valor de la red social. Es más información personal y ese es su verdadero fondo de comercio. ¿Pero a ti te interesa decirle a todo el mundo mundial dónde te tomas la cerveza o a qué hora estás en no sé donde? ¿Realmente tú ganas algo con eso?

Perderte la belleza cotidiana que decíamos al principio, que la estamos pasando por el filtro de una pantalla.

Pero le puede pasar incluso a gente consciente. Incluso yo alguna vez me he visto frente al Twitter leyendo lo que iba a escribir y diciendo: «pero para qué voy a tuitear esto si lo que realmente quiero compartir es pues que ha salido un artículo, que he leído otro que me ha interesado o un libro que me ha gustado, que voy a dar una conferencia en algún lado por si alguien lo lee y quiere ir..» Pero otras cosas no tienen sentido.

Como lector tuyo le tengo un cariño muy especial de años a Bevilacqua y Chamorro. Me sorprendió el otro día descubrir que el propio Bevilacqua, como su padre, tiene página propia en la Wikipedia. Eso es devoción.

Sí, y yo no he hecho ninguna ¿eh? Ni la de él ni mía [muchas risas].

Entonces las red de redes también te dan cariño.

Sí, pero también recibo pedradas, tampoco la mitifiquemos. Hay asuntos sobre los que siento a veces necesidad de pronunciarme y en la medida en que tengo espacios de pronunciamiento público lo hago. Y como me pronuncio en el sentido en el que me pronuncio y sé el país en el que vivo sé también que me van a empezar a apedrear, a babor y a estribor. También hay que vivir con eso. Y, bueno, eso es un subproducto de las redes sociales que no entiendo. Te voy a poner un caso, aunque te podría poner muchos. Cuando yo publico un artículo sobre el independentismo o sobre Cataluña ese día tendré que bloquear a 10 independentistas, a tres falangistas y a cinco del ala más extrema del PP. ¿Por qué? Qué pena, ¿no? No podría yo dar mi opinión y ellos decir «mira no estoy de acuerdo y mis argumentos son estos». Pero por qué la cosa es «ya está el esbirro del PP diciendo tal» y por el otro lado «ya está este que le han comido el coco en Cataluña». ¿Por qué entran 20 personas faltándote al respeto sin conocerte, diciendo chorradas. Y como no vas a empezar una discusión con ellos, la única solución que te queda es bloquear. ¿Ese subproducto de las redes sociales cuándo lo vamos a limpiar?

Se está empezando una tímida regulación, pero va para largo.

Yo tengo callo y no soy miedoso, pero te insultan, te amenazan… ¡Una pena!

Has hablado del independentismo. Conoces de cerca la realidad porque parte de tu vida ahora la pasas en Cataluña.

Allí tienen una palabra en catalán que es foraster y es lo que yo soy.

¿Te sientes como tal?

Sí, sí. Porque bueno, yo entiendo el catalán bien, lo puedo leer, pero es un idioma difícil, no lo he estudiado y entonces lo hablo mal, no tengo esa capacidad. Y aunque lo aprendiera a hablar perfectamente soy de Madrid, he nacido en Madrid, abuelo andaluz, padre castellano, nunca seré un catalán 100%, digan lo que digan para quedar bien, nunca seré un catalán 100%. Por tanto es mejor sentirse lo que eres.

Pero la convivencia allí…

No, no, no es hostil, no es agresiva. La gente es Cataluña, como en cualquier sitio, es normal, el 95%. Y luego hay un 5% de tarados como los hay en Villaverde o los hay en San Sebastián de los Reyes. Vamos, eso es una estadística universal. Y te tropiezas con alguno de estos pues, ¡mala pata! Pero a mí no me duele sentirme… Sobre todo yo no quiero pasar por lo que no soy, ¿sabes? Yo soy de aquí, no considero que ser español sea mejor que ser otra cosa. Cánovas decía: «Son españoles los que no pueden ser otra cosa», pero vale para alemanes, noruegos o mexicanos ¿no? No voy a renegar de lo que soy ni adoptar una identidad postiza. Respeto, aprecio e intento conocer lo mejor posible la cultura catalana. Mi mujer es catalana y escribe en catalán, tengo una hija catalana… pero no quiero pasar por lo que no soy. Cuando yo subo allí soy un forastero, un forastero bien adaptado que intenta conocer el lugar, que aprecia y respeta y quiere muchas cosas de Cataluña pero yo no soy de allí. Y, curiosamente, vivir allí siete años me ha extrañado un poco de Madrid y entonces ahora aquí soy un poquito extranjero también. Eso está bien. Ahora vengo aquí y me sorprenden cosas. Lo que me gusta de ser extranjero es que te sorprenden cosas y no eres muy responsable. Si estás en un país que no es el tuyo siempre puedes decir «es que yo el código no me lo sé, no conozco la etiqueta». Cuando estás en tu país es un coñazo, porque tienes que saber el himno, la bandera, las tradiciones.

Acabamos nuestro diálogo mirando al futuro. Al comienzo hablamos del tiempo que te llevó dar forma a esta novela. ¿Estás trabajando ya en la próxima?

Sí, sí. No he empezado a escribirla materialmente porque me faltan un par de detallitos de información. El penúltimo lo recogí hace un par de semanas y el último espero en cuanto pueda pero sí, empezaré a escribir ya la siguiente novela de Bevilacqua y Chamorro.

Les volveremos a ver entonces pronto.

 Sí. ¡Larga vida! Son dos personajes que… más amables y más confortables no pueden ser. Les digo desapareced dos años y desaparecen. Los llamas y vuelven. Y siempre puedes dar una vuelta nueva, así que…

¡Así que los esperaremos ansiosos!