Luis Alberto de Cuenca: «Hay que mezclar a Homero con Spiderman»

Nuestra cita comienza con la puntualidad que marca el reloj de Tintín que Luis Alberto luce en la muñeca, aunque en cierto punto será momentáneamente interrumpida para atender una petición inesperada de la radio. Horas antes de un plenilunio, le convocan en las ondas para hablar de lunas, lunáticos y hombres lobo. Es lo que tiene saber de (casi) todo y manejar el arte de acomodar una entrevista dentro de otra. En su despacho del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, junto a las obras de todos los clásicos que le acompañan como instrumento recurrente de trabajo –quiere tener siempre una copia a mano–, reposan objetos e imágenes que nos devuelven un reflejo del hombre familiar y rebelde que también es. Aquí, Calímaco, Eurípdes o Platón comparten espacio con una Minnie Mouse dispuesta a arrancarse por soleares o con el propio de Cuenca alistado en las filas de las tropas de Asalto del Imperio Galáctico. Todo cabe entre estas cuatro paredes como todo cabe en el diálogo con un hombre que, desde niño, aprendió a no ponerle límite a sus inquietudes.

Fotografía: Juan F. López


Luis Alberto de CuencaAntes de nada quiero hacerte una consideración. Te veo una persona de lo más equilibrada.

Ojalá tengas razón. Yo creo que todos tenemos también nuestros momentos de desequilibrio. Si doy esa imagen bendito sea Dios.

Percibo un equilibrio a base de desequilibrios. Disfrutas lo mismo con un clásico o con lo último de la literatura contemporánea, tienes experiencias vitales ante una obra de Ovidio o un cómic de Tintín, te mueves entre lo popular y lo culto y no distingues entre épocas: la cultura es la cultura. 

Para mí la cultura es única. Lo que no entiendo es cómo le puede a uno interesar solo la literatura del siglo XX o la del XXI o la del XVIII. Y sí, lo mismo me interesa la cultura popular que la gran cultura, por supuesto. La cultura popular, además, me ha interesado siempre mucho. Evidentemente, hay que mezclar a Homero con Spiderman.

Una postura tan abierta se hace hasta extraña en un mundo en el que se perciben tantos extremismos.

Mucha gente detesta la cultura popular o solo le interesa la cultura popular. Yo en ese sentido soy equilibrado y me alegra que me lo hayas recordado, me gusta todo. Eso sí, con un criterio de calidad. En el mundo de la cultura popular también hay productos buenos y productos malos.

Porque en cultura no todo vale, aunque desde el arte contemporáneo nos intenten vender lo contrario muchas veces.

A mí no me interesa en absoluto el arte de vanguardia, el arte contemporáneo. Esa sí que es una frontera para mí. Me interesan mucho los ismos del siglo XX, de la vanguardia histórica, el surrealismo, el dadaísmo, el futurismo, todo eso me apasiona. Pero creo que con la postvanguardia y este tipo de relativismos en torno a las exposiciones se cometen desafueros y se convierte el arte en una especie de exabrupto, simplemente o solo porque hay alguien que está dispuesto a pagar por él.

Al margen de si es o no arte, no es novedad.

Es lo que yo creo. El dadaísmo en concreto, antes que el surrealismo, ya llegó a una disolución por completo tanto del lenguaje en lo que se refiere a la literatura como del lenguaje pictórico en lo que se refiere a la pintura. Los de ahora son presuntos modernos, dadaístas desfasados. Me interesa esa postura que hubo a principios del siglo XX porque tenía sentido.

Estás recién llegado de Oviedo de participar como jurado en el fallo del premio Princesa de Asturias de las Letras. Finalmente Leonardo Padura.

Sí. Padura, una apuesta interesante. Un gran autor que recibe este premio en un momento que se acompaña con la apertura de Cuba a estructuras más democráticas. El escritor cubano ha destripado en su obra la realidad de su país y la decepción de su generación y lo ha hecho desde dentro de la isla. Ahí está aguantando, es un resistente, un tipo que tiene mucho interés humano. Su personaje del detective Mario Conde es también muy atractivo. Hablar de novela negra en un sitio como Cuba, con la crítica que se vierte a través de este inspector de la policía cubana, es una muestra de compromiso social y valentía. Yo tuve la suerte de conocerle en Atenas, donde nos deleitó con una brillantísima actuación a dos con Petros Márkaris –su equivalente en la novela negra griega– y me resultó ya muy interesante.

Pero hemos venido a hablar contigo y a hablar de ti. Poeta, filólogo, traductor… Podríamos estirar esta lista, pero qué es lo que más te sientes.

Todo a la vez. Tampoco me quedaría con una faceta en concreto. La poesía es quizá lo que me caracteriza más, pero también la filología. Acabo de tener un premio que me ha hecho mucha ilusión, el Julián Marías de investigación en Humanidades, que es el premio más importante que existe en ese tipo de parcela en España. Me siento muy a gusto haciendo también haciendo filología. Y no filosofía, que ya has visto que se han equivocado [en alusión a la presentación que han hecho de él en la entrevista para Radio Nacional que ha atendido durante nuestra charla]. Dicen: «También filósofo». No, no, filósofo no. Filólogo, que no tiene nada que ver.

Bueno, como todo ser humano te puedes hacer tus planteamientos existenciales.

¡Pero de ahí a ser filósofo!

Tengo vocación de ser un raro. Prefiero pasar a la historia como un raro que no como un indiscutible.

Alguien dijo que, de entrada, poeta no es sustantivo sino adjetivo, y que lo otro es un título que hay que ganar, te lo tiene que conceder el público. No sé si compartes esta visión.

Estoy absolutamente de acuerdo. Yo no fui poeta hasta que me dieron el Premio de la Crítica por el libro La caja de plata en el 85, que fue cuando empezaron a leerme, porque antes no me leía nadie. Entonces no era poeta. No era poeta digamos sustantivamente, lo era solo adjetivamente. Luego ya me concedieron la sustancia cuando empezaron a leerme.

Era mi siguiente pregunta, desde cuándo te sentías poeta.

Sentirme poeta me he sentido poeta desde siempre. Yo creo que desde los 12 años. Me acuerdo de que me regaló mi madre un cuaderno de tapas rojas para que escribiera ahí poemas y ya era entonces me consideraba poeta a mí mismo. Pero, como tú muy bien dices, tiene que haber un eco de esa creencia individual en que eres poeta. Y ese eco significa que te lea alguien, que te consideren poeta los demás. Y eso surge a partir de los 80 en mi poesía, por más que en los 70 ya había publicado libros de versos.

En esa epifanía… No sé si podemos hablar de epifanía…

Sí, por qué no. Epifanía es bonito. Epifanía en griego significa “aparición”.

En esa epifanía, cuando se te revela que por ahí quieres seguir tu camino…

Pues es como una condena. Uno está condenado a la poesía. Como el pintor que siempre está dibujando en un cuaderno desde niño las cosas que ve está condenado a la pintura, yo siempre he estado condenado a la poesía. La verdad es que me ha fascinado siempre.

Pero tu familia tenía otros planes. Creo que llegaste a cursar Derecho.

Sí, en casa, con buen tino, preferían que hiciera una carrera normal como Derecho. Filosofía y Letras era como más de señoritas entonces. Yo me obstiné en estudiarla y he conseguido vivir de Filosofía y Letras, rama de Filología Clásica, lo cual es tremendo.

Luis Alberto de Cuenca

El mundo se ha perdido, a lo mejor, un gran abogado.

No lo sé. Pero a mí el Derecho no me gustaba nada. Mi mujer, por ejemplo, es filóloga y abogada y, sin embargo, le gusta mucho más la abogacía que la filología, aunque vive de la filología porque es catedrática en la UNED de Filología Francesa. Pero, curiosamente, le gusta más el Derecho. A mí, en cambio, el Derecho nunca me gustó.

Y puede que el mundo se haya perdido también un gran comercial. Viaje con nosotros sigue sonando recurrentemente cuando se habla de vacaciones.

Sí, de algún modo he actuado como comercial, como letrista de canciones. Mi tema Viaje con nosotros la han adoptado no sé cuántas agencias. No ha perdido vigencia: Viaje con nosotros // si quiere gozar. // Viaje con nosotros // a mil y un lugar // y disfrute // de todo al pasar // y disfrute // de las hermosas historias // que les vamos a contar. [Recita]

Funcionó.

Y lo de Caperucita feroz también funcionó, porque yo escuchaba por la calle que decían siempre la broma de: «Hola mi amor, yo soy tu lobo». Lo decían así aunque no es así, sino: «Hola mi amor, yo soy el lobo».

Entonces a lo mejor sí se ha perdido un gran comercial.

Pues ojalá, ojalá que hubiera descollado en esa faceta porque probablemente tendría un acomodo económico mucho mejor que el actual, aunque te advierto que la publicidad también está en crisis ahora.

Está claro que poesía y música tienen buen maridaje.

Sí, sin duda. ¡Ay del poeta que no tenga oído musical! Si no lo tiene que se dedique a otra cosa. Y hay muchos poetas que no tienen oído. Aunque, eso sí, la música no es una de mis pasiones. He actuado en música pero de una manera casual, azarosa, arbitraria…

En el homenaje póstumo que se le hizo en el Salón de la Fama del Rock a Lou Reed una emocionada Patti Smith le dedicó estas palabras: «Gracias por inyectar tu poesía en la música con brutalidad y con bondad».

Hay letras de canciones de Lou Reed verdaderamente salvajes y, a la vez, entrañables. Recuerdo su Walk on the Wild Side,  “camina por el lado salvaje”, que me ha servido para alguno de mis poemas. Fue un hombre que vivió muy intensamente; que tenía una indefinición sexual muy enriquecedora, amén de su carácter, aunque probablemente también le hizo sufrir; que tuvo también escarceos con las drogas…  Un tipo muy completo para dar la imagen del rocker que siempre dio y ser uno de los genios de su parcela. Otro de los genios que han aunado música y poesía en el siglo XX ha sido Leonard Cohen, a quien le dieron el Premio Príncipe de Asturias.

El rock en sus orígenes nació con una fuerza muy transgresora, lejos de las normas académicas.

Sin duda. Y sigue teniendo cierto lado transgresor, el lado salvaje que diría Lou Reed.

Pero aún así casa bien también con la poesía.

Casa bien con la poesía porque la poesía no tiene por qué estar domada o ser, diríamos, cursi o cantar a los pajaritos en primavera. También debe hablar del lado más oscuro de las cosas. Y el rock lo busca. Últimamente he investigado mucho con Loquillo en ese terreno.

La poesía ha tenido el papel de Cenicienta pero puede subirse a una carroza, llegar a palacio y conquistar al príncipe, que es el público.

En un terreno tan subjetivo como la intimidad de cada uno, es muy frecuente hoy en día ver a gente que de oficio no es poeta pero que se lanza a parir sus sentimientos en forma de versos.

Gente que no es profesionalmente poeta.

Exacto, pero que publican. Y algunos con notable éxito. Hace poco compartíamos diálogo, por ejemplo, con Borja Sémper que es un exponente de estos nuevos poetas no profesionales.

Borja Sémper ha escrito un libro de poesía muy bueno. Le he dedicado una frase muy elogiosa. Me parece muy fresco. Es un libro como recién creado.

Un buen poeta-político

Bueno, todos somos una mezcla de todo. Además hay cada vez más editoriales que facilitan esa tarea de publicar libros que el propio poeta puede costearse. Yo lo veo bien. Que nadie se quede con el reconcomio de que ha dejado de decir cosas por escrito.

Por cierto, ahora que parece que con la recuperación económica y la bajada de los pisos es buen momento para meterse en una vivienda hasta la poesía tiene casa.

Sí, me hablas de la iniciativa de José María Parreño, ¿no? A José María Parreño lo conozco yo desde hace muchos años y me parece un buen poeta y un buen tipo.

Sí. Parreño y los promotores de la Casa de la Poesía en Lavapiés (en el Teatro de la Puerta Estrecha), que dicen que la poesía, hasta ahora, estaba «desahuciada» y «vagabunda», que «no tenía donde caerse viva».

Bueno, pues eso es que han conseguido financiación y me parece muy bien. Me parece una excelente idea. Había una casa de la poesía ya en Aragón que llevaba la gente de la editorial Olifante. O sea que es un proyecto largamente acariciado por mucha gente.

¿Pero compartes esa visión de que la poesía estaba abandonada? Dicen que no tenía donde caerse viva, que no muerta.

Es un juego de palabras inteligente, como lo son, seguro, los que han fundado la Casa de la Poesía en Madrid. Pero yo creo que tampoco necesita tener un hogar determinado la poesía. Creo que es bueno también que no pierda su carácter errático y vagabundo, porque le da un encanto especial.

Decían que, de alguna manera, quieren un comisariado para las actividades poética, porque con la proliferación de recitales en bares y otros espacios hay algunos que «carecen a veces de rigor y existe el peligro de que se mezcle lo interesante con lo que no lo es».

Me parece bien. Todo lo que sea difundir la poesía me parece bien. Pero tampoco creo que por el hecho de que exista la Casa de la Poesía vayan a quedar laminadas todas las otras iniciativas de cafés, etc. Seguirán existiendo. No se pueden poner límites al campo. Y ahora con Internet mucho menos.

Luis Alberto de CuencaOtra de tus ocupaciones, quizá la que menos visibiliza el público, es la de traductor.

La de traductor es una de las actividades literarias más intensas y difíciles, pero a la vez más importantes y también de las más gratificantes. Eres instrumento para llevar el conocimiento a más y más personas rompiendo barreras. La historia de la literatura universal es también la historia de la traducción. No es concebible hacer compartimentos estancos con las lenguas porque hay autores que superan cualquier obstáculo y cualquier barrera, también las del idioma. Cuando a Stephen Vizinczey  le preguntaron en una ocasión quién era para él el dramaturgo más importante de la literatura francesa, su respuesta no se hizo esperar: «Shakespeare traducido al francés».

La historia de la literatura está llena de hitos relacionados con la labor de traducción.

Absolutamente. Por ejemplo, la literatura en el XIX en Francia, tan importante para la literatura universal, no hubiera sido la misma sin que antes,  en los años 20, el Barón de  Loève-Veimars hubiera traducido la obra de Hoffmann al francés;  esa es una traducción que influye decisivamente.  Del mismo modo, Baudelaire es el motor que hace que a Edgar Allan Poe se le conozca en todo el mundo. Antes de su traducción solo era conocido en Estados Unidos por sus poemas y no por sus cuentos; sin embargo, Baudelaire lo traduce y lo instala en el Olimpo de la literatura mundial contemporánea. Tampoco la literatura occidental hubiera sido la misma si Antoine Galland no hubiera vertido al francés la magia de Las mil y una noches. Voltaire, por ejemplo, a la hora de escribir sus cuentos se ve muy influido por esa traducción de Galland. El influjo de la traducción no tiene límites. ¡La labor de la traducción es fundamental!

Más allá de como traductor, en tu labor como filólogo intervienes de una manera especial en los textos de otros.

Para ofrecerlos, para vestirlos de la mejor manera posible, para ponerlos tan bonitos como un San Luis, para que la gente los pueda ver perfectos.

Me lo imagino como el trabajo de un cirujano, operando con precisión,  pero entiendo que, en cierto modo también con cariño, para revitalizar textos, darles más vida. O un cocinero dándole el toque final al plato.

Casi un cirujano plástico en cierto modo, aunque también lo de cocinero me gusta. Cirujano plástico porque trabajamos sobre una materia que hay que embellecer, sobre todo con la pulcritud de la edición.

Hay que embellecerla pero siendo fieles a la esencia.

Embellecerla en el sentido de ser pulcros, porque pulcher, pulchra, pulchrum en latín significa “hermoso” también. Con la pulcritud de la edición, sin tocar la esencia del texto, por supuesto, porque lo importante es lo que él dijo, pero cómo lo dijo y qué es lo que quiso transmitirnos eso ya es…

Imagino que ya estás más que acostumbrado pero, cuando te enfrentas por primera vez…  Es como tocar tierra sagrada, lo que ha salido de las entrañas de otro.

Por supuesto. Por ejemplo, acabo de sacar una edición crítica de dos textos de Eurípides, un drama satírico, El Cíclope,  y una tragedia, Las Fenicias. Lo que he hecho es escudriñar en los códices y en los testigos manuscritos y testigos impresos todo lo que he podido para ofrecer el estado de esas obras lo más cerca posible del deseo hipotético que tendría Eurípides de que se conservaran de esa manera y no de otra. Igual nos equivocamos, obviamente, pero lo intentamos.

¿Leemos al mismo Eurípides nosotros hoy que hace 200 años?

No. Vamos a ver, de alguna manera, en un 95% sí es el mismo Eurípides. Pero hay también modas en la crítica textual y en la ecdótica. Eso significa que, a lo mejor, hay una época en la que se corrigen muchísimas lagunas de acuerdo con la sintaxis griega correcta que no aparecía en la transmisión textual de Eurípides, y otras épocas que son respetuosísimas con la transmisión de los manuscritos y que no corrigen nada. Estamos en una época, yo creo, muy respetuosa con la transmisión manuscrita y con pocas correcciones, pero siempre hay alguna. O sea que si tú ves un Eurípides del siglo XIX y otro de finales del XX o principios del XXI, verás que hay diferencias textuales notorias.

Vamos a pedirte que nos esboces tu árbol genealógico, no el familiar, sino el de las influencias literarias más claras en tu vida desde tu infancia.

Por supuesto que sí, lo hago con muchísimo gusto. Creo que es una buena pregunta, además. Entonces yo leía, fundamentalmente, a Juan Ramón Jiménez y a Rabindranath Tagore. Pero, curiosamente, leer a Rabindranath Tagore, como eran versiones de Juan Ramón Jiménez y de Zenobia Camprubí de Jiménez, su mujer, realmente era volver a leer a Juan Ramón. De modo que yo soy una absoluta criatura juanramoniana en mis orígenes y es de Juan Ramón de donde saco yo todo lo que en ese momento creí que era la poesía. Después ha habido otras influencias que me han aportado muchísimo. Por ejemplo, la lectura de Jaime Gil de Biedma, de libros como Moralidades, que compré en Barcelona allá por los años 70, o como, por ejemplo, Poemas póstumos, dos libros  verdaderamente importantes en la poesía española contemporánea. Y la lectura de Pedro Gimferrer –que entonces firmaba Pedro, ahora es Pere Gimferrer, se paso al catalán y ahora ha vuelto al castellano, por cierto–. Tiene dos libros que para mí fueron impactantes. En 1966 apareció su libro Arde el mar y en 1968 La muerte en Beverly Hills. Para mí también supusieron mucho esos libros en mi formación. También a otro poeta, Juan Eduardo Cirlot, poeta catalán de expresión castellana, lo he leído con mucho aprovechamiento y sin duda también me ha influido. Pero aún más que la poesía en castellano del siglo XX o la inmediata, me ha influido una poesía mucho más antigua, la poesía epigramática griega de época helenística, la Antología Griega, la Antología Palatina. Esa manera de terminar pronto el poema, de cerrarlo bien, incluso de dar una sorpresa al final y de estructurarlo de una manera muy precisa, eso procede de mis lecturas de la Antología Griega o Palatina, llamada así porque se conserva en el códice Palatino que está en Heidelberg.

Luis Alberto de Cuenca

Un árbol prolijo.

También, por supuesto, poetas latinos como Catulo, sobre todo. Los epigramas de Catulo han sido decisivos en mi formación. Y, cómo no, también los poetas provenzales, a la cabeza de todos Guillermo de Aquitania, el más antiguo y el más –quizá– importante de todos. En sus 11 canciones resume toda una poética que a mí me ha fascinado y me ha influido mucho, O, por ejemplo, el Dolce stil novo italiano. Petrarca está debajo, detrás, dentro de todos nosotros con todas esas cosas. Y, por supuesto, el influjo de Petrarca en toda la lírica europea del Renacimiento. Para mí, más importante aún ha sido el Renacimiento que el Barroco. Prefiero a Lope que a Quevedo o a Góngora, gustándome mucho todos, obviamente. Y me fascina Garcilaso, me fascina Francisco de Aldana. Y luego la poesía anglosajona, la del siglo XX, con Ezra Pound y con Eliot a la cabeza, también ha sido importante en mi evolución literaria. Y los surrealistas franceses, cómo no, con André Breton a la cabeza. Hay un poema de Breton que se titula L’union libre (“La unión libre”), una letanía fascinante de declaración de amor a la mujer, que me parece de lo más hermoso que se ha escrito nunca. O sea, que me interesan mucho los ismos vanguardistas, pero los históricos. Es absurdo volver a partir siempre de cero, como hablábamos antes.

En uno de nuestros diálogos recientes el filósofo Javier Gomá nos contaba cómo, de joven, creó el sintagma humana perduración para manifestar su obsesión por encontrar cierta garantía de fijeza, hacer algo que perdurara en el tiempo. No sé si tú has compartido esa inquietud en algún momento.

Creo que todos los que escribimos, pintamos, hacemos filosofía –como sí es el caso de Gomá, que sí es filósofo–, todos pensamos que algo de lo que hemos pergeñado, algo de lo que hemos diseñado, delineado, esbozado, va a ser leído por las generaciones futuras cuando nosotros ya no estemos. Yo creo que ese es uno de los alicientes que tiene la práctica del arte: el proyectarte en otras generaciones y en otros momentos. Si por lo menos cuatro, cinco o seis versos míos son recordados por alguien, que no sabemos quién será y no sabemos cuánto durará, pues bendito sea Dios. Aunque también te digo que los gustos en materia literaria o pictórica, son muy caprichosos. Los que dictan las normas y las modas son también caprichosos. Entonces nunca se sabe qué va a quedar de uno. Evidentemente, sin embargo, seguimos pensando en escribir para que algo quede de nosotros.

Uno de los alicientes que tiene la práctica del arte es proyectarte en otras generaciones y en otros momentos.

Bueno, lo que sí es seguro ya es que tu obra va a trascender. Otra cosas es cómo te gustaría ser recordado.

Ahora sí soy leído, pero nunca sabemos lo que va a ocurrir mañana. Fíjate si no hay escritores de comienzos del primer tercio del siglo XX que fueron celebérrimos en sus días y, sin embargo, ahora nadie se acuerda de ellos. Pero siempre habrá alguien que haga una tesis doctoral sobre un raro. Yo tengo vocación de ser un raro. En cierto modo, me divierte el concepto de poeta menor y el concepto de rareza. Porque como soy coleccionista busco siempre cosas raras. Prefiero pasar a la historia como un raro que no como un indiscutible.

En algún momento comentaste que si los gestores culturales se animaran a ello «se podrían llenar hasta estadios con recitales de poesía», aunque se diga «que no se vende» y «que es la Cenicienta» de las letras. No sé si tanto.

Lo creo firmemente. Creo que la poesía ha tenido el papel de Cenicienta, pero es una Cenicienta tan mágica que puede, perfectamente, subirse a una carroza y, con la ayuda de su madrina, llegar a palacio y conquistar al príncipe. Y el príncipe es el público. En ese sentido yo creo que sí que hay un error de base en conceptuar la poesía como algo minoritario. Es cierto que hay un determinado tipo de poesía más hermético y menos comunicativo. Pero la poesía que hago yo, la poesía que hace Margarit, la de Roger Wolfe, la de Manuel Vilas, la poesía que hacen tantos otros poetas que están vivos ahora y que han optado por la comunicación, esa, indudablemente, podría llenar estadios si hubiera algún empresario que lo apoyara y si hubiera un márquetin que lo acompañara.

Y si los gestores culturales, desde el punto de vista político, acompañaran.

Bueno, eso sí. Pero, en cualquier caso, como yo soy liberal pienso que tampoco le debe corresponder todo a los poderes públicos, sino que debe emanar de la sociedad. El Estado debe ser sometido a un severo régimen de adelgazamiento y la iniciativa debe tener también un carácter empresarial.

Luis Alberto de CuencaNo te quería preguntar sobre cuestiones de política cultural.

Mejor, porque ya hace mucho tiempo que lo dejé.

Pero ya que estamos… ¿Echas de menos estar ahí para poder influir de forma directa en cosas concretas?

Esa influencia se puede ejercer de muchas maneras y, curiosamente, llevando los mandos de la nave es como puedes influir menos, porque estás demasiado obsesionado con que no se te caiga el avión para pensar en ejercer influencias. No, no echo de menos mis cargos públicos, en absoluto.

Parece que finalmente se va a bajar el IVA cultural.

Bueno, esto es una cuestión electoral, como siempre. Pero, en cualquier caso hay que felicitarse porque se haya tomado esa medida. El mundo teatral, sobre todo, estaba muy ahogado.

En el diálogo que teníamos con Borja Sémper nos confesaba cómo le fastidiaba y le dolía que la cultura se haya convertido en una bandera de la izquierda.

Creo que Borja Sémper es de lo mejor que hay hoy en día en el mundo del conservadurismo liberal o del liberal conservadurismo, que es lo que caracteriza al PP. Yo creo que es un tipo con una cabeza perfectamente amueblada y tiene razón. La cultura no puede ser ni de izquierdas, ni de centro, ni de derechas. Es de todos. Aquí ha habido una obsesión con que estaba ubicada siempre en el espectro de la izquierda y esto es una equivocación muy notable. Tampoco va por barrios. No hay cultura vasca, catalana o gallega. Hay una cultura española que las aglutina a todas y las representa a todas. Y luego también hay una cultura europea occidental que también aglutina a la española, a la francesa, a la alemana, etc. Creo que no hay que ser provinciano en esto, sino más bien cosmopolita y universalista, y creo que es un error monstruoso conceptuar a la cultura como un fenómeno de izquierdas. Ahora bien, también es cierto que la derecha española ha cometido, a mi modo de ver, un grave error no concediendo el estatus de ministerio a la cultura en España, cosa que sí ha sucedido con los socialistas donde la cultura se sentaba en el Consejo de Ministros, con más capacidad de influencia. Es un error que se sigue cometiendo. En un país tan desvertebrado como España que haya un Ministerio de Cultura es importante. Yo fui Secretario de Estado de Cultura. Tenía exactamente las mismas competencias que un ministro de cultura con los gobiernos socialistas pero, al mismo tiempo, no me sentaba en el Consejo de Ministros, con lo cual tenía menos influencia en la marcha de la cultura en la política española. Y eso que, debo decirlo, con José María Aznar la cultura fue siempre muy apoyada.

La derecha española ha cometido un grave error no concediendo el estatus de ministerio a la cultura en España

Guardas buen recuerdo también de tus años al frente de la Biblioteca Nacional.

Buen recuerdo, sí. Fueron cuatro años divertidos y jugosos, del 96 al 2000. Tiempos muy agradables.

De aquella época se ha destacado sobre todo la modernización de la institución.

Seguimos con la modernización que había iniciado Juan Pablo Fusi, profundizamos en ella. En política la gente tiende a querer dejar huella, como esas damas que utilizan un perfume penetrante para dejar un halo aromático a sus espaldas. Y yo creo que eso es un error. Lo que hay que hacer es cumplir con lo que le toca a uno en una determinada etapa. Creo que yo sí que cumplí en esa etapa con creces, pero tampoco me creo más importante que cualquier otro director. Lo han hecho todos muy bien a partir de entonces.

De la más biblioteca más pública vamos a pasar a la tuya, la particular, con miles de libros.

Ya no los tengo contabilizados, pero muchísimos miles, sí.

¿Qué libro te gustaría trasvasar, si pudieras, a tu biblioteca desde la Nacional?

Preferiría trasvasar a mi biblioteca particular algún libro que no hubiera pertenecido a una institución pública porque, en general, los libros de la Biblioteca Nacional importantes están muy mal cuidados y tienen sellos. Yo no toco los libros nunca, no los subrayo, no pongo mi nombre, ni siquiera pongo un ex libris en ellos, de modo que es difícil que me interesara un libro de la Biblioteca Nacional, porque están todos llenos de sellos y acribillados de «perteneció a tal», de ex libris y de cosas de este tipo. Pero vamos, si salieran al mercado, me gustaría tener muchas cosas. Por ejemplo, no tengo todavía –espero tenerlo alguna  vez– la primera edición del Frankenstein de Mary Shelley en tres volúmenes de 1818. Me gustaría tenerla, porque la más fácil es la de 1831, que incluye la primera ilustración de Frankenstein, pero la del 18 es muy rara y no la tengo. Está en el mercado, pero a unos precios prohibitivos.

Otra de tus pasiones es el cómic.

Sí, esa es otra de mis grandes pasiones, el noveno arte.

Luis Alberto de Cuenca

Creo que eres un gran experto en Tintín, al que veo en tu reloj.

Siempre llevo relojes de Tintín, muchas veces también corbatas. Me fascina la línea franco-belga, pero también me gusta más todavía el cómic clásico norteamericano de los años 20, 30 y 40. Las grandes sagas publicadas en los periódicos, tanto las daily strips (tiras diarias) como los sundays en color, los dominicales. Me fascinan las décadas prodigiosas de la cultura norteamericana.

¿Y el cómic español?

También me interesa mucho, por supuesto. He trabajado mucho sobre él, me he alimentado de él en mi primera infancia, porque pertenezco a una generación que todavía compraba cómics en los kioscos, que entonces no eran cómics, sino tebeos. Me fascinan los cómics españoles, sobre todo los clásicos. Hay una revista que me encanta, la mejor revista de todos los tiempos del cómic español, Chicos, de los años 40, que dirigía doña Consuelo Gil Roësset, que es la hermana precisamente de la escultora Marga Gil Roësset, la que se suicidó por amor a Juan Ramón Jiménez.

El círculo vuelve a cerrarse en Juan Ramón.

Otra vez (risas). Y luego la revista Mis Chicas, el Gran Chicos y las grandes sagas de siempre: El Cachorro, El Guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, El Capitán Trueno, El Jabato… Todas esas me interesan mucho. También las grandes sagas de la editorial Maga, fundada por Manuel Gago, el  creador del Guerrero del Antifaz, a partir de la primera sílaba de su nombre y su apellido. Había sagas maravillosas en Maga.

Y ahí sigue en activo Ibáñez, que vuelve a la carga con Mortadelo y Filemón.

Ibáñez es muy amigo mío, incluso tuve el honor de darle la Medalla de Oro de las Bellas Artes. Le he prologado la edición completa de la que para mí es su obra maestra: 13, Rúe del Percebe. He compartido también varios actos con él en la Universidad Menéndez Pelayo y en otros sitios en que hemos perorado juntos. Me consta que me tiene mucho aprecio y yo le tengo mucho aprecio a él.

Coleccionista de libros, claro. De qué más. ¿Cosas del cine?

Figuritas, cosas, memorabilia… Pero siempre de una manera anárquica. Lo único que colecciono muy puntillosamente son las colecciones de cromos o colecciones de novela policíaca, que me gusta tenerlas enteras. Pero lo demás es, simplemente, por gusto. Encuentro una figura, pues la compro.

El verano es un tiempo privilegiado por algunos para la lectura. Recomiéndanos un libro, el que te acompañe ahora o uno que te acompañe siempre.

Pues mira, Sagas cortas islandesas, publicado en Alianza Editorial y traducido por Luis Lerate, un grandísimo experto en la materia. A mí me fascina la literatura germánica del norte, lo que llaman impropiamente literatura escandinava, pues realmente fueron los germanos del norte los que la crearon, sobre todo en Noruega y en Islandia, entre los siglos XI y XIV. Recomiendo esta obra. Además, me consta que Luis Lerate está mal de la vista y está haciendo un gran esfuerzo por seguir en la brecha ofreciéndonos sagas, de la misma manera que Santiago Ibañez Lluch, desde Valencia, también lo está haciendo en distintas entregas la editorial Miraguano. Me fascina ese mundo, como a Borges, que de viejo empezó a estudiar antiguo islandés para leer las sagas en su idioma. A lo mejor todavía a los 80 me da por estudiarlo, si Dios me da vida.

Leí que ibas a participar de alguna manera, pero no sé en qué se ha concretado, del año de Santa Teresa.

Sí, íbamos a hacer mi mujer Alicia Mariño y yo una obra de teatro con Juan Carlos Pérez de la Fuente, pero ha quedado un poco en la trastienda porque Juan Carlos está ahora dirigiendo Pingüinas, la obra de Arrabal sobre la familia de Cervantes que es sin duda el acontecimiento del año, absolutamente maravillosa. Han echado el resto ahí tanto Juan Carlos Pérez de la Fuente como Fernando Arrabal, que es nuestro escritor más importante vivo, sin la menor de las dudas. No me cabe la menor duda al respecto y me parece vergonzoso que todavía no tenga el Premio Cervantes.

Fernando Arrabal es nuestro escritor más importante vivo. Me parece vergonzoso que todavía no tenga el Premio Cervantes.

Santa Teresa tendrá que esperar un poco.

Hicimos una obra sobre San Agustín y vamos a trasladar los postulados de esa pieza a otra sobre Santa Teresa. La vida de Santa Teresa y la de San Agustín tienen muchos puntos de contacto. Santa Teresa también tiene de repente un deslumbramiento con la religión, como lo tuvo también en su momento San Agustín, aunque en el caso de Teresa no podamos hablar de conversión. Hay que recordar que Teresa tiene ese punto de inflexión importante en su vida después de leer las Confesiones de San Agustín, que es una obra que influye mucho en ella y la anima a escribir obras autobiográficas como el Libro de la vida o el Libro de las fundaciones.

Ya concluyendo, te voy a pedir un análisis de pasado y futuro. Con una vida consagrada a la cultura, tú hablas de tus dos familias, la carnal y la de papel.

Sí, mi familia y mis libros.

En este momento de tu vida, pasadas todas esas etapas que hemos no sé si procede peguntarte por la felicidad o…

La felicidad es muy complicada. La felicidad tiene siempre algo de destello momentáneo, sucede solo un rato, un momento, ¿no? Siempre es un instante la felicidad. Lo que espero es que hasta que me muera siga habiendo instantes de felicidad concretos, pero evidentemente ser feliz de seguido es otra cosa… Borges tiene un soneto maravilloso en el que pide perdón a sus seres queridos por no haber sido feliz. Nadie puede ser feliz del todo. Yo tengo también poemas sobre ese tema.

Pero tras estos años viviendo de la mano de la cultura podemos decir que no la cambiarías como compañera de viaje.

No, a la cultura no la puedo cambiar porque, en el fondo, forma parte de mis propias entretelas, de mi vida, de mi biología… Es imposible. Sería como renunciar a una parte de mí mismo.

La que concreta tu felicidad. */